Cuestión de gustos

Quizás siempre ha sido cuestión de gustos, le digo a mi compañero en formación, antecedente de todos los MIR para maestros que invente en el futuro cualquier ministro. Quizás siempre ha sido cuestión de gustos, repito. Mi vecino creció creyendo ser el rey de las Matemáticas. Los maestros le alentaban y sacaba buenas notas. En mi casa, se hablaba de lo bien que le iba a ir la vida a Jorge porque le gustaban las Matemáticas. “¡Le gustan tanto!”, suspiraba mi madre, mirándome con una extraña melancolía.

     Luego resultó que no era tal. Una cosa es el cálculo, para lo que todavía hoy creo que sigue siendo diestro, y otra cosa son las Matemáticas, que, a partir de cierto momento, ni se entienden ni, quizás, merezcan la pena ser entendidas por todo el mundo. El caso es que cuando llegaba el final del Bachillerato, Jorge confesó a sus padres que no le gustaban las Matemáticas. Fue cuando tuvo que informarles de que el año próximo tendría que estudiar lo que todo el mundo y las Matemáticas de ese penúltimo curso, que le quedaban pendientes: no había podido con ellas.

     Los padres de mi vecino tuvieron que admitirlo, a veces con la vergüenza reflejada en su cara: a nuestro Jorge le han dejado de gustar las Matemáticas. Como la primera novia o los sesos ajillo.

     Sin embargo, Jorge no sintió ningún alivio con la confesión porque los padres no se conformaron con los suspensos. Por el contrario, le obligaron a recibir clases extraordinarias de Matemáticas varias horas a la semana durante meses interminables y, cuando su padre llegaba a casa, lo primero que le preguntaba era si había hecho bien los ejercicios del día. Si no te gusta, dos tazas. O tres. Es lo que solía decirse. Hasta que aprobó.

    Los padres a los que he atendido esta mañana, en presencia de mi colega primerizo, no son de la opinión de los padres de Jorge. Sin duda, pertenecen más a la generación de Jorge y no quieren reproducir la educación esclavista que se les dio a ellos.

     -  Es que a Sito no le gusta la Geografía, mire usted, qué le vamos a hacer.

     -  Ya, pero esto no es un restaurante donde se puede dejar el primer plato sin haberlo tocado, aunque lo haya pagado. Es más bien un contrato en el que su hijo se comprometió a estudiar Geografía. Nosotros a ponerle en disposición de que aprenda y él a esforzarse para hacerlo.

     -  No, si lleva usted razón, pero es que no le gusta nada. ¿Qué hacemos?

    Has sido muy duro, me dice mi aspirante. Muy seco. Quizás tendrías que haberle algo más suave, no sé...

     Disiento, le digo. Si no le gusta, que se aguante. O que se matricule en Física.

     - Yo lo voy a suspender. Ustedes, no lo sé.

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    Emilio (sábado, 17 marzo 2018 14:59)

    Magistral. Como en todo: en cuestión de una generación hemos pasado del blanco al negro sin detenernos en el gris.