Flaco, no te mueras nunca

 

 

Cuando sal´ió al escenario y vi cómo lo recorría de izquierda a derecha, comprendí que asistiríamos al recital de un señor mayor. Un respeto, pues. No por Sabina, sino por un señor mayor.

 

Estuve a punto de decírselo al bachiller que se sentaba a mi derecha: no sé si te va a gustar esto, chico del vaquero y la camisa blanca, pero no bosteces, por favor, si ves que se te hace largo. Tenle un respeto: podría ser tu abuelo. Luego resultó que el chaval se las sabía todas (las canciones, digo) y las cantaba en silencio, en una suerte de playback con el que trataba, supuse, de distinguirse de su madre, despendolada desde Lo niego todo a Pastillas para no soñar; o sea, desde el principio hasta el final.

 

A mi izquierda, también las cantaba todas, pero a voz en cuello, mi hijo, a quien engañé diciendo que lo acompañaría a ver a su poeta favorito. Lo engañé porque la verdad es que fue él quien me acompañó. Lo utilicé para volver hasta aquellos años en los que él era un niño y todavía no sabía nada de Sabina, pero yo lo escuchaba hasta que se caían los versos de las cintas, de tanto rozar en los cabezales del radiocasette del coche. Como él lo escucha ahora en cada sitio que puede, aunque ningún byte se caiga de ningún sitio y aunque me parezca que es un poquito menos canalla. Sabina digo. Quizás también mi hijo. Lo mismo también yo mismo.

 

Sin duda, no fue el concierto de su vida. De la de Sabina. Todos nos creímos palabra por palabra lo que nos contaba, como si fuera la primera vez que lo escuchábamos, pero me pareció que cada momento había estado muy medido, que no llegó a apasionarse con nosotros, que se retiró tras las bambalinas sin demasiada prisa, pero sin demasiada pena. Tampoco nosotros nos pusimos pesados. Seguramente porque respetamos el descanso de ese señor mayor que ha de durarnos mucho todavía porque sin sus versos y su música todos viviremos un poco peor.

 

No te mueras nunca, flaco, porque mi hijo querrá cantar las quinientas noches con mi nieto. Y no le puedes fallar.

 

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