Soy Rosa y te busco a ti

Tuve que hacer una cola de tres cuartos de hora. Me iba a haber ido, pero permanecer allí me aseguraba que el resto del día no tendría que pensar en el resto del día, y eso sonaba muy bien en comparación con cualquier otra alternativa. Especialmente con la única que tenía, que era volverme a casa a pasar el domingo, como ya había hecho el sábado porque el viernes mi turno terminaba muy tarde y no encontré ningún blablacar para Cuenca.

 

Era la primera vez que iba a la piscina de La Vaguada, y aquel montón de hectáreas abarrotadas de gente me pareció un sitio estupendo. No sé por qué, pero me siento bien cuando estoy rodeado de una multitud de desconocidos.

 

Además, tenía Twitter. No conozco mejor invento que ese. Para los que no nos gusta leer, pasas el rato entretenido sin tener que estar pendiente de argumentos ni personajes. Mucho mejor que Facebook, dónde va a parar. Aquí hay gente se cree que son genios y te largan unos sermones insoportables.

 

Busqué una sombra, que prefiero siempre al solitrón, me tumbé en la toalla y me puse a vagabundear por la pantalla del pajarito. Así fue cómo, al poco rato, me saltó un mensaje que decía:

 

Pasándomelo bien en #LaVaguada, a ver si encuentro el amor del verano.

 

No supe si adjudicar la sorpresa a la tecnología o al azar, pero el mensaje me hizo sentirme aún más acompañado porque había una persona cerca de mí haciendo lo mismo que yo. Además, le daba sentido a esa mañana, que emplearía en encontrar a @soyrosaytebuscoati.

 

Le mandé algunos mensajes. Un saludo, un qué casualidad, un por dónde estás, un te invito a un café, pero solo un larguísimo rato después me rechazó porque mi nombre, @operador324, le desilusionó. Había salido de casa para enamorarse, me vino a decir, de alguien con más aspiraciones que vender contratos telefónicos a las tres de la tarde.

 

@soyrosaytebuscoati fue cruel. Debería haberme dado una oportunidad y habérsela dado también a ella. No todos los operadores telefónicos nos dedicamos a vender. Yo estoy en atención al cliente y las personas con quienes hablo me tienen en consideración. De hecho, la valoración más alta de mi departamento es la mía. Ojalá tuviera tres carreras y conociera cuatro idiomas. En ese caso, sería el jefe de los teleoperadores, por lo menos.

 

Bueno, a mis años estoy hecho a los desplantes, así que cerré primero Twitter, después los ojos y me puse a dormir, que siempre ha sido el mejor analgésico que he tenido contra las decepciones.

 

El día estaba hecho, no obstante, para las casualidades. Comí la tortilla que me había llevado en una merendera y me fui al chiringuito a tomar un café con hielo. Estaba en la barra cuando alguien me llamó desde una mesa. Como soy de Cuenca, no creía que se estuviesen dirigiendo a mí, pero la insistencia de una mujer en pronunciar mi nombre y agitar la mano me hizo darme cuenta de que era Charo la que me llamaba.

 

 

 

 

Charo es una compañera de trabajo, cinco filas y tres columnas por detrás de mí. No es una vecina de primer orden, pero hemos hablando algunas veces. Sobre todo, recientemente. Las tardes de agosto, terminadas las reclamaciones de los primeros días por el incremento de las facturas, son bastante descansadas y nos permiten ciertas familiaridades.

 

Charo estaba con dos amigas, y entre las tres se apresuraron a hacerme un sitio. Hablé de la casualidad de aquel encuentro y las tres me corrigieron. Todas vivían por la zona, veinte minutos arriba o abajo, y todas tenían que trabajar en agosto. ¡Y menos mal que trabajaban!, me dijeron. Petra hacía composturas para El Corte Inglés y María estaba empleada en una empresa de limpieza.

 

- ¿Quién, si no somos nosotras, va a venir aquí? -insistió Charo- ¿El marqués de Cubas?

 

En eso llevaba razón. La piscina estaba llena de gente normal. Yo lo sabía, pero la grosería de @soyrosaytebuscoati me había… no sé… me había encogido un poco, aunque ya no me acordaba mucho de ella. El caso es que la tarde se prolongó más allá de los cafés de sobremesa. Al principio, procuré llevar la conversación por si era eso lo que esperaban de mí, pero ellas se bastaban para llenarlo todo de risas, ocurrencias y hasta procacidades que casi me sonrojan.

 

A media tarde nos tomamos unas cervezas y unas patatas fritas que pagué por gentileza, machismo o en agradecimiento por el rato que estaba pasando. Un poco después, decidimos retirarnos. Cada cual contó su horario laboral del día siguiente, como si necesitásemos esa mención para regresar a nuestras vidas ordinarias, y así me enteré de que Petra entraría a las ocho, María no trabajaba hasta por la tarde y Charo llegaría a nuestra oficina una hora y media antes que yo.

 

Nos despedimos con dos besos de cortesía a la puerta de los vestuarios, mi mano en la cintura hace tanto tiempo extinta de mis acompañantes, y los labios de alguna de ellas, no recuerdo cuál, firmemente hundidos en mis mejillas.

 

           Por la noche puse First Dates. Dos parejas tenían mi edad. Cincuentones. No renunciaban al amor, decían. A veces había estado tentado de presentarme, aunque me daba vergüenza salir en la televisión porque en Cuenca nos conocemos todos. Pero otras veces, como aquella noche, me resultaban grotescos sus esfuerzos por encontrar una pareja. No hace falta enamorarse para sentirse bien consigo mismo ni para pasar tardes tan buenas como aquella.

 

           A la mañana siguiente, entré en la sala de trabajo. Sabía que Charo estaba en su puesto. La busqué con la mirada, me saludó con la mano y me dedicó una sonrisa rojo carmín mientras contestaba a alguien.

 

           Definitivamente, una nueva amiga, me dije, mientras levantaba el paño con el que protejo el teclado y descubría que alguien había dejado allí un papel que decía:

 

                @soyrosaytebuscoati. ¿Quieres ser mi amor de lo que queda de verano?


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