Menos mal que llegasteis los del helicóptero

 

Todo el mundo te da consejos sobre cuál es el mejor sitio, sobre lo que tienes que hacer para cogerlo tú primero, sobre en qué debes pensar mientras dure el viaje. En los ojos de tu novia, te dicen. En los de tu madre. En la sonrisa de tus hermanos, que se miran en ti. Algún día regresaréis los cuatro a casa como hacen los héroes: lo has oído tantas veces que sabes que va a ser así.

 

Todo el mundo te dice que las estrellas te marcan el camino, si sabes mirarlas, y cualquiera te da un curso acelerado de puntos cardinales. Todo es sencillo cuando las cosas van bien, te aseguran. Y para cuando vayan mal, si es que eso pasa, que no pasa nunca, te dicen, te dan una brazada de consejos con los que enfrentarte a los problemas con la soltura con que un maestro encara una multiplicación de  una cifra.

 

Todo el mundo, te lo aseguro, parecía haber ido y vuelto tantas veces en su vida que era como si habláramos de cuando nos acercábamos a por unas viandas a la tienda que hay junto a la gasolinera.

 

¿Y sabes? La verdad es que es el eco de todas esas palabras lo que te hace compañía cuando todo lo demás se ha desbaratado. Ni cogiste el mejor sitio, porque todos son malos; ni te acordaste de tu novia porque el miedo es como un agujero negro que se traga todos los recuerdos; ni supiste leer nada en las estrellas porque pasaste todo el tiempo con la cabeza entre las rodillas para no marearte o para ocultar la vergüenza de tu rostro desencajado; ni siquiera te diste cuenta de que empezaban los problemas de verdad porque te pareció que nunca había dejado de haberlos.

 

Pero cuando sabes por fin que todo ha salido tan mal que estás con el agua hasta el cuello, son esas palabras, sí, en lo que piensas, en lo inútiles que resultaron y en si todas te las dijeron de buena fe o hubo quien te dio ánimos y noticias para quedarse con tu novia o para mofarse de tu fracaso.

 

Piensas, en fin, en que las únicas palabras que no te dijeron es que el mar, cuando lo tienes ocho dedos por debajo de tus ojos, es una sábana del color de la noche que no se termina nunca en ninguna dirección en la que mires, y que entonces lo odias con las pocas fuerzas que te quedan porque sabes que será el cementerio donde nadie vendrá a recordarte.

 

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    Anónimo (miércoles, 25 octubre 2017 00:08)

    Aquí estoy, haciendo la rutina que los de mi generación hemos aprendido, quitarnos valiosas horas de sueño por estar un poquito más con el móvil, pero vaya que si me alegro esta vez.
    Solo quería comunicarle que me ha gustado este texto en especial y que le agradezco una lectura así antes de dormir.