El extranjero de Camus

Tenía ojos. Le sigue el adjetivo hermosos: tenía ojos hermosos. Eso es lo que escribe Camus o, al menos, lo que aparece en la página undécima de la traducción que estoy manejando. ¿Por qué, antes que yo, hubo una lectora a la que solo le llamó la atención aquel tenía ojos y lo subrayó con lapicero, construyendo ese camino incierto que resulta de subrayar sin utilizar la regla?

 

Me parece un poco inquietante, la verdad. Desecho que la lectora no los tuviese (los ojos, digo) porque, si así fuese, no habría podido leer el libro. Pero no se me ocurre ninguna alternativa. ¿Qué pasa por la cabeza de un lector que se siente impelido a subrayar esa oración inconclusa y no vuelve a tomar el lapicero hasta la página siguiente, en la que subraya la palabra parisiense?

 

Comprendo ahora que el libro que ha leído esta lectora no es el mismo que leí yo y, desde luego, no es el que escribió Camus. ElextranjerodeCamus como siempre lo citamos. ¿Qué fue para esta chica la novela? ¿Representó algo en su vida? ¿Le gustó? ¿La inquietó?

 

Cuando lo que yo leía eran libros prestados por la biblioteca, los subrayados hechos por lectores anteriores me molestaban porque ensuciaban la página y los ignoraba porque no me interesaba lo que otros podrían haber considerado interesante. Ahora, que trato de pasar un rato releyendo un viejo libro tomado de una biblioteca, me dejo guiar por los subrayados para tratar de responder a aquellas preguntas.

 

Lo siguiente que destaca la lectora es los brazos me pareció que tejía y anota al margen, con esa caligrafía que he calificado de femenina: enferm situación absurda. Le doy dos o tres vueltas al largo párrafo donde se encuentra le expresión y no encuentro que haya nada de absurdo en la idea completa: Yo no veía lo que hacía. Pero por el movimiento de los brazos me pareció que tejía. Pienso que a la lectora no le faltaban los ojos, pero quizás tenían una cierta pereza y, en lugar de fijarse en las frases enteras, solo lo hacían en ciertas palabras, de manera que convertían en absurdas oraciones que eran comunes y corrientes.

 

La besé, pero mal /Quiso saber también la edad de mamá… y otro montón de subrayados abonan mi idea, que me parece también absurda, pero no menos que esta forma peregrina de seleccionar frases relevantes.

 

Me olvido completamente de la obrita, puesto que me la sé y me dedico a saltar de subrayado en subrayado hasta que comprendo que la joven lectora no comprendió gran cosa, que trató de encontrar aquí y allá las ideas que el profesor le dijo que había de encontrar, y que lo hizo como si las ideas fueran orquídeas en el campo y no el campo mismo. Concluyo que la estudiante hizo un trabajo más bien malo (probablemente porque lo había leído algunos años antes de lo que debía haberlo leído) y que seguramente fue recompensado con la prodigalidad que se dedica a quien lee un libro que se prescribe: agradeciendo con una buena nota que lo haya hecho, aunque finalmente no haya sabido de qué va.

 

Claro, que todo esto es Didáctica de la Literatura, y de eso no entiendo nada, así que mejor me callo.

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