Los mudos

Mi compañero aprendiz, el nuevo, se desespera porque no consigue que en sus clases intervengan más de cuatro o cinco alumnos. Los demás, me dice, son capaces de no despegar los labios en un trimestre entero.

      Asegúrate de que no son mudos –le digo-, y me mira con una expresión híbrida, entre perdonándome la vida y reprochándome que trate de tomarle el pelo. Para tranquilizarle, le aseguro que hace tiempo descubrí que una chica de quince años era sorda. No sacaba muy buenas notas, pero fue capaz de ocultar que apenas oía el quince por ciento de lo que se le decía, lo que la convertía en doblemente inteligente: por la ocultación y porque si hubiese escuchado como cualquier otro compañero lo mismo habría sacado sobresalientes.

      Mi compañero, el aprendiz, me objeta que no es lo mismo y se lamenta de que así no hay quien haga clases participativas.

 -               - ¿Mande? –le digo-. ¿Qué es eso? –le sorprendo otra vez.

-               - Pues clases en las que los chicos hablen –me dice, tratando de resumir algo que le extraña que yo ignore.

-             -   ¿Y de qué quieres que hablen? ¿De las guerras napoleónicas?

   Noto que mi compañero se pone en guardia y busca en el arsenal de sus apuntes de opositor algún argumento con el que iluminarme sobre la necesidad de que las clases sean dinámicas y tal y cual. Pero algo le dice que es mejor callarse y cederme la palabra.

 -               -   ¿A cuántos alumnos vas a aprobar por hablar mucho?

 -               - Bueno… no es eso… pero algo cuenta, claro, algo cuenta.    

     - ¿Y qué porcentaje de las respuestas que te dan a las preguntas que haces las consideras válidas o, por lo menos, dignas de apreciación?

    - No lo sé… -me dice, después de pensar un poco -, pero , hombre, ¡es que están aprendiendo!

    - O sea, muy pocas. Pues ya sabes lo que pasa. Un alumno de dieciséis años lleva diez comprobando que lo que él dice está equivocado; lo que propone, nunca se hace; lo que supone, no es así… Así que no hay ninguna razón para hablar en alto porque, además, donde se corta el bacalao es en los exámenes escritos. Ahí es donde hay que dar el do de pecho. Lo de antes son solo fuegos de artificio y únicamente unos pocos aceptan ser los coristas que dan pie al profesor para que se luzca en su siempre magnífico ejercicio de solista

      No sé… a veces pienso que soy muy duro con el aprendiz que me acompaña: pensará que para qué va a opinar, si siempre le digo que no lleva razón…

 

 

 

 

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