Escupir hacia arriba

Dice mi compañero, el aprendiz, que la alumna no le había contestado a los últimos tres ejercicios. Era extraño, puntualiza, porque es voluntariosa y va haciendo las cosas que se le piden.

     Al cuarto ejercicio que nones, el profesor le pregunta qué le pasa esa mañana, si le ha dado un ataque de pereza repentina o algo así. Para sorpresa de mi compañero, la chica se le pone en jarras, sentada como está, y le contesta que, puesto que él la ignora, ella hace lo mismo.

      - Para que veas cómo se siente una cuando no le contestan.

     Me dice mi compañero que la alumna le acusa de no haberle respondido a una pregunta al empezar la clase y que, por lo tanto, ella se considera legitimada a no hacer los ejercicios.

      - ¿Y cómo lo has resuelto? –le pregunto.

    - Pues de ninguna manera –me dice-, porque la chica no razona.

    El origen de la disputa, me cuenta, es que la estudiante le ha preguntado nada más entrar por la nota del último examen, a pesar de que él había advertido (seguramente por influencia mía: basta leer entradas anteriores) que no respondería a más cuestiones sobre ese tema, que ya daba por cerrado.

    Mi compañero-aprendiz, que es joven, censura la rebeldía de la estudiante, su falta de disposición al diálogo, sus maneras bruscas, su desobediencia insolente, pero no cae en dos asuntos que me parecen centrales. El primero, que la estudiante no considera el estudio como una actividad beneficiosa para ella sino como un objeto de intercambio e, incluso, como un favor que la alumna hace al profesor. La actitud es tan infantil como el niño que se niega a comer si no le dejan salir a jugar.

    El segundo es que la alumna se considera una igual con el profesor. Tú me haces, yo te hago. La democratización de las relaciones alcanza semejante desvarío. Que todas las personas sean iguales en dignidad no significa que desaparezcan los roles sociales. La alumna despoja al profesor de su papel de profesor y lo convierte en un colega de la calle a quien puede escupirle porque él la ha mirado mal.

     Es relativamente común que los alumnos sean muy susceptibles y se consideren agredidos con la misma facilidad con la que jamás encuentran que su actitud haya sido censurable. Pero, en fin, lo que la estudiante no llega a comprender es que cuando uno quiere democratizar algo es para salir ganando, y que el escupitajo liberador que le lanza a su  maestro es negarse a sí misma la ocasión de aprender. La chica no lo sabe, pero escupe para arriba.

     - Ahora, a ver cómo se lo cuentas -finalizo la charla con mi compañero, el nuevo.

 

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