Espionaje

Dice la gente de Assange que los espías yanquis pueden acceder a todos los teléfonos y televisores del orbe y escuchar nuestras conversaciones en vivo y en directo.

     No puedo evitar representarme la imagen de un funcionario de la CIA –traje, corbata, gafas de sol, sándwich de pavo, taza de loza con café- cuyo propósito en la vida es sentarse a su ordenador y leer los mensajes de whatsapp que intercambio con mi amante.

     Ayer decidí subir el interés que despierto en la CIA y le dije a mi chica (bueno, se trata más bien de la otra, pero se me entiende el gesto de cariño) que tenemos que introducir en nuestros mensajes palabras que despierten el interés de la inteligencia norteamericana:

      - Ayer sentí tu orgasmo como una bomba que retumbó en mis pelotas.

      - Esta noche estoy dispuesto a inmolarme, ahogado entre tus tetas como si me torturasen en las duchas de Abu Grahib.

      - Eres una terrorista capaz de deshacer la fuerza de mis misiles con un movimiento de tu entrepierna.

      Esta noche echaremos unas risas cibernéticas imaginando cómo al espía se le pone dura leyendo bomba, inmolarme, misiles y tal, y, no sé, a lo mejor hacemos algo de sexo telefónico para completar la jugada.

 

 

La verdad es que la revelación de Assange no revela nada. Todos sabemos que estamos viviendo ya la distopía del gran hermano. Nos fotografían, graban, monitorizan, persiguen en las carreteras, las calles, los cajeros automáticos, las estaciones, los aeropuertos, los edificios públicos y privados… Podría hacerse un centenar de informativos diarios solo con las curiosidades que registran esas cámaras. Que miren dentro de mi móvil o del salón de mi casa me da lo mismo: justo ahí es donde no tengo nada que ocultar.

     Lo que no sé es cómo dispone la CIA, el CNI y demás agencias (¿o es que solo lo hacen los yanquis?) de espías para vigilar a tanta gente. Es posible que a estas alturas la mitad del mundo espíe a la otra mitad. Dentro de poco, cada uno se espiará a sí mismo y se denunciará él solo a las autoridades.

       Y, de todos modos, no es para ponerse de ninguna manera. Las personas siempre hemos estado sometidas al escrutinio de los otros. ¿O es que en las sociedades rurales el control social no limitaba los movimientos y hasta los deseos de la gente desde la mañana hasta la noche? Sólo ha cambiado el ámbito. El espionaje al que las vecinas sometían a mi abuelo no era, para él, menos global que aquel al que me somete el espía que tiene erecciones cuando oye que me voy a inmolar


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