Obreros y relojes

En el vestíbulo del instituto, media docena de estudiantes ocupaban un banco de madera. Era invierno, el día estaba gris y, enfundados en sus cazadoras, parecían supervivientes de una noche de combate más que alumnos interesados en conocer algunas de las habilidades de la profesión que, si hacíamos caso de la matrícula que habían rellenado, tenían interés en aprender.

      El timbre había tocado por lo menos cinco minutos antes y uno de sus profesores pasó por allí y los levantó casi como el pastor que arrea al ganado. Los rapaces protestaron y mascullaron una queja por las prisas de los profesores por empezar las clases.

   - Míralos -me dijo el compañero-, mira las ganas que tienen de aprender el oficio.

    Pensé entonces en aquellos investigadores que hace décadas escribieron centenares de páginas describiendo cómo la escuela había adquirido los ritmos y los ritos de una fábrica y me pregunté si cabía interpretar la actitud de aquellos arrapiazos como una señal de protesta de la clase obrera ante la explotación capitalista de la que serían objeto al terminar sus estudios.

     Tonterías.

   Décadas después de aquellas lecturas, todo me parece más prosaico. El otro día, en la puerta parecían haber anidado otra media docena de chicas. Despistado como iba, creí que esperaban ansiosas el momento de entrar, para el que faltaban quince minutos. Pero alguien me sacó del error. La verdad era que hacía quince minutos que tenían que estar aprendiendo aquello que tocase hoy.

    - Cuando tengan ustedes un trabajo, ¿les dejarán llegar diez o quince minutos tarde? –les había preguntado yo, a esas o a otras u otros compañeros varias veces.

     Claro que no. Pero les daba igual. Cuando les obliguen, ya actuarán como correponda. Si es que alguna vez tienen la suerte de tener que cumplir un horario laboral, que eso es otra cosa. De momento, el instituto no es la fábrica, el taller ni la peluquería. Sus reglas son distintas. Los profesores son almas cándidas en comparación con los patronos. Gente que no las va a despedir y a los que, si llega el caso, a poco que se dejen, ellas, las obreras en cierne, les pueden poner las peras a cuarto.

 

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