Bomba de plutonio

La excursión acabó mal, por lo menos para mí, que terminé la mañana en la cama de un hospital esperando que alguien quisiera, pudiera o supiera colocarme el hueso de la pierna que me había roto por un número de sitios indeterminado pero bastante elevado. Naturalmente, cuando, horas después, algún medicamento logró que remitiera ligeramente el dolor, entre la bruma desleída de la inconsciencia pedí que se me repatriara, siquiera fuese entablillado como en las viejas películas del Oeste. Pero, naturalmente, no se me hizo caso, y me operaron al calor del trópico. Pasé semanas de sudorosa convalecencia mientras los míos se marchaban y me quedaba con el único y leve amparo del representante de la agencia de viajes, que, como era previsible, dejó de ocuparse de mí en cuanto el avión del último de los míos trasponía el horizonte.

 

Sesenta días después era capaz de caminar con la soltura y el miedo de un octogenario pero me empeñé en que me despacharan de vuelta a mi país y un par de semanas después me dejaron en la puerta del aeropuerto. Había mejorado en ese tiempo y ahora solo exhibía una cojera que una muleta me ayudaba a remediar.

 

A pesar de que me lo habían recomendado, olvidé advertir a los policías del armamento de metal que llevaba en mi pierna derecha, y por eso cuando me disponía a pasar bajo el arco de seguridad sabía que iba a sonar. Antes de dar el último paso, cerré los ojos con la resignación del que sabe que saltarán todas las alarmas (no una ni dos, sino todas, siempre saltan todas) y, si hubiera podido, me hubiera aprestado a levantar las dos manos para advertir de mi inocencia absoluta.

 

Menos mal que no lo hice, porque la fuerza con la que actuaron las placas y los tornillos que sujetaban mi pierna sobre lo que sea que se oculta dentro de esos arcos de seguridad, fue tal que mi extremidad se quedó adherida al arco y la seguridad de la otra, la izquierda, quedó harto comprometida y se vio abocada a mantener la estabilidad a base de saltitos ridículos.

 

La policía me rodeó con armas de todo tipo y calibre y eso hizo que desatendieran a los pasajeros que me antecedieron y me sucedían, los cuales se saltaron todas las normas (no una ni dos, sino todas) y se dedicaron a grabar con sus móviles, tabletas y cámaras la espeluznante aventura del hombre bomba o del hombre de metal, que de las dos maneras fui bautizado en los videos de youtube, donde rápidamente acumulé centenares de miles de visitas.

 

Perdí mi avión y los cinco siguientes porque, después de despegarme del arco con tanta brusquedad que por un momento creí que los metales adheridos a mi pierna se habían quedado en el mecanismo policial, las autoridades del orden me confinaron en un calabozo de cemento sin más decoración que el calor de aquellas latitudes, mientras se ponían en contacto con el hospital donde fui intervenido y trataban de averiguar, primero, si no mentía y, después, qué carajo me habían puesto en la pierna, si era material quirúrgico o armamento nuclear.

 

Otras dos autoridades diferentes, una sanitaria y otra militar, me informaron de que cabía la posibilidad (pero no la certeza) de que hubiese habido un error en el material con el que se fabricó la partida de prótesis que me habían colocado y me invitaban a colaborar con ellos. Si aceptaba, debía quedarme en el país en espera de que se produjesen nuevos casos con los que poder comparar el mío y, tanto si sí como si no, se me abría la posibilidad de ser operado de nuevo para sustituir aquel disparate de prótesis por otras de resultado más contenido. Todo, naturalmente, con los gastos pagados.

 

Los mandé educadísimamente a la mierda y me subí en el sexto avión que regresaba a España con un papel redactado en ocho lenguas, rubricado por cinco firmas e ilustrado con seis sellos oficiales en el que se informaba a posteriores vigilantes de arcos de seguridad de la conveniencia de que yo no pasase por debajo de ellos si no querían verse obligados a afrontar serios problemas de orden público y una situación delicada nunca sencilla de resolver.

 

Ahora llevo ese documento reducido y plastificado en mi cartera para usarlo cuando sea conveniente, si bien he comprobado que simplemente el hecho de mostrarlo y que alguien entienda de qué se trata crea de por sí un cierto revuelo, así que casi nunca es conveniente y estoy condenado a procurar no entrar en cientos de oficinas públicas y privadas y millares de tiendas donde guardias de seguridad sin demasiada formación ni delicadeza podrían hacerme pasar un rato desagradable.

 

Con todo, lo peor es no estar completamente seguro de si en realidad no llevo una bomba de plutonio que alguien hará estallar a distancia cuando lo considere más divertido.

 

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