Kafka y la LPD

Con demasiada frecuencia se utiliza el adjetivo kafkiano para describir una situación en que se une el enrevesamiento con la indefensión del sujeto que la padece. También creo que se abusa del adjetivo, como se abusa de dantesco y de muchos otros que sirven para hacer pensar lo mínimo necesario, sobre todo a periodistas con poco tiempo y pocas lecturas previas.

     Sin embargo, la Ley de Protección Datos (o su reglamento, si existe, o su aplicación o la interpretación que sus aplicadores hagan de ella) merece el adjetivo de kafkiano, además de otros mucho menos culturetas y más fácilmente comprensibles por el personal.

     En las últimas semanas se me ha invocado la Ley de Protección de Datos para no decirme qué empresas tienen acreditada su competencia legal para hacer, pongamos como ejemplo, el mantenimiento del equipamiento informático de mi casa. Oiga, decía yo, las empresas que puedan hacerlo querrán que yo lo sepa, ¿no le parece? Pues no, no le parecía. La funcionaria no me dio un dato que cualquier empresa capacitada para ofrecerme el servicio hubiera deseado que se me facilitara argumentando que la LPD se lo impide.

     En los últimos días he sufrido un accidente de tráfico que ha necesitado la redacción de un atestado por parte de la autoridad. En el país que yo hubiera creado, las dos partes en litigio habríamos recibido una copia del atestado. Sin embargo, en el país de la LPD ninguna parte tiene conocimiento del documento. El documento servirá para determinar a quién imputar la responsabilidad del suceso y a él tendrán acceso un juez (y entiendo que los funcionarios que tramiten el expediente), las compañías aseguradoras de las dos partes, sendas subcontratas de las aseguradoras que parece ser que se encargan de hacerse con los atestados, los servicios jurídicos de las aseguradoras… pero no yo ni la otra persona protagonista del suceso. Varias decenas de personas tendrán acceso a mis datos pero yo no porque la ley tiene que proteger a la persona que me tiró de la moto… no sea que vaya a buscarla y quiera medirle las espaldas con la muleta. O mande a unos sicarios a arreglarle las cuentas… No sé, debe de ser que en este país ese tipo de asuntos se resolvían antes de esa manera y una ley ha venido a poner la paz.

     Como consecuencia del mismo suceso, necesito un documento que certifique que una ambulancia me llevó desde el lugar del accidente al hospital. En el país que yo creía que habíamos creado, la cuestión se debía de resolver en unos pocos minutos con un correo electrónico. Pero en el país de la LPD tengo que escribir una carta, adjuntar una compulsa, utilizar el correo ordinario y esperar un mes para recibir un documento que diga que tal cosa pasó. En este caso el bien protege la ley es mi intimidad, aunque no sé bien de qué manera. Quizás antes de la LPD la gente que veía accidentes pasaba el rato pidiendo certificados de que ellos habían sido los trasladados a los hospitales y las empresas de ambulancias emitían ocho o diez certificados iguales a domicilios diferentes. O quizás había un negocio de certificados de ambulancias. O un museo de certificados, no tengo ni idea…

     El caso es que quien más ha ganado con esta idiotez de ley (o de reglamento, o de lo que sea) son las telefónicas porque ahora, llames a quien llames, te larga un discurso inicial de dos minutos contándole un extracto de la puñetera LPD. Y esos dos minutos, por si acaso no lo sabías, los pagas tú.

 

 

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