No me hables más de exámenes

Me comenta el aspirante a compañero que llevo a mi lado que pronto habrá que poner un examen. Admito que la ocurrencia me coge de improviso y que me sorprende esa relativa inquietud del aprendiz por estropearlo todo.

     - Pues si de mí dependiera, no haría ninguno -le contesto.

   El joven duda antes de argumentar nada y no sabe si estoy hablando en serio o lo hago a humo de pajas. Aprovecho su incertidumbre y le largo un discurso que tardará una vida en digerir. El mismo tiempo que yo.

     Le digo que tuve un maestro fascista (no es insulto; lo decía él) que repetía que los de examen son grandes días para los buenos estudiantes. En aquellos años de hierro nadie tenía empacho en admitir que lo que se hacía en las aulas era formar a las elites y los exámenes eran el martillo pilón con que se machacaba la moral de los que eran malos estudiantes, resignados así a admitir que lo suyo era formar las prietas filas de la clase subalterna.

     Desde entonces, el discurso se ha disfrazado de seis u ocho tecnologías diferentes, pero los exámenes siguen siendo la clave del arco de todo lo que pasa dentro del aula y los muy democráticos profesores de ahora hacemos lo mismo que hacía aquel edillista orgulloso.

     - Pero de alguna forma habrá que saber quién sabe qué -me pregunta.

     Se me ocurre preguntarle si conoce cuál era el interés de Sócrates por saber eso sobre sus pupilos o si tiene una idea de los exámees que pasó Benjamin Franklin antes de inventar el pararrayos, pero no lo hago, y tampoco insisto en el primer argumento, un poco pasado de moda.

     - Mira, los exámenes solo sirven para convertir el aprendizaje en una tarea espuria donde, en el mejor de los casos, el gozo de aprender se traslada al gozo de sacar una buena nota. Los estudiantes no aprenden cosas sino cómo adaptarse a los exámenes de cada profesor; no se preguntan sobre el significado de lo que escuchan, leen o ven sino cómo puede preguntarse eso (y responderse) en un examen.

     Por otra parte -le hago un cálculo rápido- un grupo de estudiantes con diez asignaturas y catorce temas por asignatura puede tener más de setenta pruebas en un curso escolar. Eso representa setenta días en los que la mayor parte de su atención (hablo de los estudiantes aplicados, claro) está en ese examen y en el resto de las horas apenas hace como que atiende.

    - Los días en lo que tu grupo tiene un examen de otra asignatura -le recuerdo- tú tienes que dar el do de pecho si quieres que la clase no sea una ruina. Y no es seguro que lo consigas.

     "Así que, compañero, no me hables más de exámenes -le digo, por fin, y me lo llevo a la máquina del café.

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Comentarios: 1
  • #1

    Paco Pa (martes, 10 enero 2017 12:32)

    Ole.