Desapasionamiento

Dice uno de los personajes de la última película de Tarantino que la justicia debe ser desapasionada. Que Tarantino ponga la cita en boca de un asesino tiene su gracia, pero la verdad es la verdad lo diga Agamenón y su porquero, ya se sabe. El desapasionamiento es uno de los muchos requisitos que se le pueden exigir a la justicia, pero me pregunto si será el más difícil de cumplir por los jueces: no se sabe de ningún trabajo que pueda desempeñarse durante muchos años si uno no se apasiona con él, salvo que la tarea se convierta en una rutina tediosa que se ejecuta de manera mecánica y probablemente con un bajo nivel de ejecución.

     Todo esto viene a cuento porque no dejo de preguntarme la paciencia (o el desapasionamiento) que han de tener los jueces del caso de las tarjetas opacas de Bankia. Cualquier delincuente tiene derecho a tratar de no parecerlo, pero hay formas particularmente obscenas de hacerlo. Una de ellas es la de estos tipos, que parecen convencidos de que su trabajo merecía un sueldo sin límites. Como si para llegar a esos puestos hubiesen tenido que acumular más méritos que estar en la pomada de las intrigas cortesanas de hoy. 

     Más que como un lugar de trabajo tempral (a ratos, quiero decir), el consejo de administración del banco se me representa más como una cueva de ladrones donde Ali-Babá se dedicaba a repartir pasta sin ton ni son a cambio del asentimiento de los que se dejaban comprar de esa manera.

     Al fin y al cabo, que las decisiones a las que prestaban su acuerdo fuesen acertadas o no, no le importaba a nadie. Si las operaciones salían bien, estupendo. Y, si salían mal, pues también: ya lo pagarían otros, preferentemente el populacho.

Por eso digo que, si fuese el juez, a estas alturas ya le habría preguntado a más de uno que cómo tiene  la cara dura de creer que se merecía ese dinero por hacer lo que hacía.

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