Bañistas

Tiene su enjundia el asunto del bañador de cuerpo entero. O no. La reacción de las autoridades que lo han prohibido se entiende. Yo la entiendo. Y además me parece impagable, en un verano de plomo como éste, la declaración que convierte en una práctica incívica la de bañarse en el mar con un par de sábanas encima. ¡Si aquellos censores de nuestra infancia levantaran la cabeza!

     Enfrente de esta opinión parece que se yergue la de quienes consideran que cada cultura es un mundo y que seguramente debemos respetar la de los que vienen a nuestro paraíso, incluso aunque una parte de ellos quieran dinamitarlo. Yo también la entiendo. He desarrollado una importante dosis de empatía desde que soy más viejo.

     Y luego están las mujeres. O una parte de ellas, que se enfadan porque tanto los partidarios del bikini como los de las sábanas cosifican a la mujer. A estas las entiendo menos. Sobre todo porque no proponen nada. Y porque el análisis es imposible: «nadie les pregunta a ellas», dicen, como si las mujeres pudiesen contestar como mujeres, no como musulmanas, como cristianas o como ateas. La idea me parece de un esencialismo imposible de compartir.

     La polémica, que tiene al menos esas tres facetas, es característica de una sociedad como la nuestra, que parece feliz de cogérsela con papel de fumar. O bien que se complace en exhibir la superioridad moral que tiene sobre el resto de sociedades y que le lleva a considerar todos los puntos de vista y a montarse estos quilombos.

     Esa superioridad  hace que se convierta en un argumento cerril aquel que no sale en la prensa pero que se escucha en las cafeterías: ¿en un país musulmán podría una francesa bañarse en bikini? No. Pues se acabó la discusión.

     Al hilo de esto, la posición de los musulmanes que han salido a la calle a protestar porque se les atosiga con estas medidas es casi una cuarta faceta del problema. No porque nadie más defienda su derecho a bañarse con las incomodidades que quieran (hemos visto que no es así) sino porque, por supuesto, no saldrían en su país a defender el derecho de una francesa a lucir un bikini. Naturalmente, en sus países no se venden camisetas con la volteriana frase de «no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería con mi vida tu derecho a defenderlo».

     En fin. Cuando el asunto deje de ser un exotismo de los gabachos y llegue a nuestras costas, sería bueno que tuviéramos las cosas claras, no sea que por andar buscándole la goma al papelito terminemos admitiendo en las piscinas lo que los franceses dudan si debe admitirse en el mar, donde todos sabemos que hay gente que hace cosas mucho más feas que meterse en él vestidos hasta las orejas.

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