Ir al baño

Mientras se consigue que desaparezca la desigualdad de sueldos, el movimiento feminista no debería abandonar otros frentes de lucha en la búsqueda de una sociedad más igualitaria. Por ejemplo, la obligatoriedad de que en los establecimientos públicos se construya el mismo número de puestos en los retretes femeninos que en los masculinos.

        Me parece un espectáculo impropio de nuestro tiempo que las mujeres tengan que hacer colas enormes para entrar en el baño de cines, aeropuertos, bares, discotecas y otros sitios donde se producen pequeñas o grandes avalanchas de usuarias, mientras los hombres nunca tienen que esperar turno. El actual estado de cosas exige a las mujeres un plus de sacrificio que no tiene ninguna explicación a la luz de la teoría de la igualdad entre los sexos. No está escrito que las mujeres tengan que domeñar las urgencias de sus esfínteres más tiempo que los hombres solo por no ser varones, como no lo está que tengan que soportar más el olor de la caca de los bebés, por poner otro ejemplo sobre el que sí se ha reflexionado en el mundo feminista. Pero, además, las mujeres tienen que ejercitarse en el disimulo, mantener una cierta expresión de indiferencia mientras la cola no avanza y la necesidad se desboca; es decir, no solo tienen que ser sufridas sino que están obligadas a parecerlo. Finalmente, entiendo que tiene algo de humillante esa suerte de exposición pública de las mujeres, una especie de picota de la debilidad y de la incontinencia,  tan diferente del tránsito discreto de los hombres por el pasillo hacia los urinarios. Admito que, como miembro del sexo privilegiado, cuando paso al lado de una de esas filas de mujeres de toda edad y condición lo hago con la mayor rapidez posible y con la cabeza baja para no provocar ningún sonrojo al ir y ninguna ira al volver porque –y termino-  sería comprensivo si alguna vez uno de aquellos cónclaves de pacientes miccionadoras en cierne se abalanza sobre un hombre ya aliviado y lo patea inmisericordemente por el simple y primitivo placer de la venganza.

        Es verdad que, sin llegar a esa barbarie, las mujeres están empezando a pisotear la norma y utilizan el baño de los varones cuando está libre, pero esa transgresión más simbólica que eficaz resuelve pocos problemas puntuales y, desde luego, oculta  el problema de fondo, del que no veo que nadie se esté ocupando como es debido.  Una ley en los términos descritos en el primer párrafo y un período transitorio de adaptación de cinco años nos convertiría en un modelo a seguir en el mundo occidental.

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