La competición

Un estudiante me hace llegar esta carta. Naturalmente, le he pasado una corrección de estilo ya que la redacción no es una de sus mayores habilidades.

     Estimado escritor, me dice, he comentado lo que me ocurrió ayer y un amigo, que debe de conocerle, me ha sugerido que le envíe este correo.

     Verá.  Yo estudio Formación Profesional y hace unas semanas un profesor me dijo que iba a competir con alumnos de otros institutos. Si era bueno en el trabajo podría llegar a medirme con estudiantes, incluso, de otros países.

     En el viaje hasta la localidad de la competición tuvimos una pequeña incidencia con el coche del profesor en el que viajaba y por eso llegamos un poco más tarde de lo previsto. Yo me había hecho a la idea de que tendría que competir con cuarenta o cincuenta alumnos y cuando entré en el taller me llevé un susto de muerte porque mis oponentes eran mucho mayores que yo y, en su mayoría, llevaban trajes y corbatas. Nunca había visto tal cosa, pero tampoco he visto muchas otras, así que me pregunté si no había venido con la indumentaria adecuada.

     Fue entonces cuando mi profesor me tomó del hombro y me acompañó a un rincón del taller. Escuché que alguien decía a través de un altavoz que ya estábamos todos y que ya podíamos empezar, así que supuse que todos aquellos estaban esperándonos a nosotros, lo que me hacía sentir bien y, a la vez, fatal por haber sido el retrasado del grupo.

      Alguien se acercó a mí y, en lugar de las herramientas que necesitaba, me dio un polo para que me lo pusiera. Mientras lo hacía me di cuenta de que, entre la gente con traje, había otros adultos con una camiseta como la que me acababan de dar y leí en sus espaldas que tenían otros oficios, como monitor, coordinador y cosas así.

     En el mío ponía “competidor” y eso me hizo sentirme mucho mejor porque era evidente que aquel montón de personas mayores, que debían de tener mucha experiencia en el oficio, no eran mis rivales.  Al otro lado del taller, muy lejos de mí, siete u ocho personas se pasaban un micrófono diciendo que aquello que iba a pasar era muy importante, y que otras cosas que yo no conocía también lo eran. Mientras hablaban, localicé las espaldas donde se leía “competidor” y, a duras penas, conté cinco más. Todos escondidos entre la multitud de adultos con corbatas y trajes.

     Según se me serenó el ánimo comprendí que estaba en un acto de inauguración y que todas aquellas personas habían debido de hacer algo para estar allí. A cada uno de esos yo le debía de deber una parte de mi participación en esa competición, aunque no se me ocurría bien qué parte, ya que esas son cosas que están fuera de mi alcance, naturalmente.

     El caso es que, como digo, competimos seis estudiantes y para decirnos que podíamos empezar se juntaron varias decenas de adultos. Creo que esa es de las cosas que le hacen a uno considerar que es importante en la vida. Aunque cuando empezamos a competir se fueron todos y nadie se acercó a vernos y, cuando terminamos, ninguno de aquellos se interesó por ver qué habíamos hecho.

      Ya se sabe, en fin, que lo importante es participar.

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