La academia

Era la primera vez que ese alumno contestaba bien a tres preguntas del examen. En realidad, las contestaba de una manera excelente. El lenguaje era impropio no ya de lo que podía suponerse de él en concreto sino de su edad y nivel de desarrollo.

     Mi compañero, el nuevo, acudió a mí con la satisfacción del bisoño que coge al primer alumno que le copia descaradamente. Lo voy a suspender a perpetuidad, va y me dice.  Y me pregunta qué me parece.

     Lo que le digo, para su sorpresa, es  que el chico no merece ningún castigo. Sorprendido, el nuevo me pide explicaciones y entonces llamo su atención sobre el hecho de que las respuestas que da no están en el libro de texto. Luego no ha podido copiarlas del libro. Mi compañero dice que está convencido de que es un ejemplo del manejo de las nuevas tecnologías y yo le sugiero que investigue si no se trata de una técnica, no tecnología más bien antigua.

     Y resulta que eso es lo que ocurre. El alumno (su familia más bien) se está gastando un dinero que no le sobra en mandar al chico a una academia. Allí  pasa las tardes y allí, sorprendentemente, sí hace caso al profesor y estudia todo lo que él le pone por delante. No importa que el texto que le propone memorizar no sea el del libro que la familia compró en septiembre con el dinero que ya entonces no le sobraba. Al chiquillo tampoco le importa memorizar algo que ni entiende hoy ni entenderá dentro de tres años.

     Por alguna oscura razón, la academia tiene un poder de convicción sobre el estudiante que no tiene la escuela. No sé si el año que viene cobrarles algo a los chicos bajo cuerda. Creo que podré conseguir que los padres crean que es un nuevo recorte del mismo gobierno y podré comprobar si así obligarán a los chicos a hacerme caso. Al terminar el curso, naturalmente, devolveré el dinero a los padres.

 

     A los que quieran, claro.

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