Culos

Me cuenta un compañero que le ha salvado la reputación de intransigente con las normas, la edad avanzada o el respeto en el mejor sentido que dice haberse ganado entre algunos alumnos. De no haberse dado alguna de esas tres circunstancias, o las tres a la vez, su culo andaría a estas alturas de móvil en móvil para dudosa chanza de alumnos y alumnas, ya que los unos serán heteros y a las otras, a las hetero, claro, difícilmente les pondrá un trasero tan provecto. Lo que sucedió fue que un alumno, sentado al final del aula, armó el móvil cuando el profesor regresaba a la cabecera de la clase después de atenderlo y que, un segundo antes de que llegase a disparar su cámara, la compañera de mesa interpeló al profesor con mucha urgencia -donfulano, donfulano, por favor- para que éste se girase y evitar así la felonía.

    Esta es la nueva costumbre entre los adolescentes, sacar fotografías de salva sea la parte de los compañeros y de los profesores y colgarlas en las redes sociales. En otros tiempos, los chicos ponían espejos bajo la falda de las profesoras cuando éstas resolvían las dudas del compañero de la la columna de al lado. Ahora se comparte una imagen que solo importará a uno  o dos fetichistas y antes se compartía el relato de la aventura, que servía a algunos oídos que la escuchaban para ciegas fantasías. Ahora la costumbre está tan extendida que el fotógrafo es mucho menos héroe que el manipulador del azogue, si bien sus hazañas quedan documentadas y de las del de antaño solo daba fe la palabra del artesano.

     A diferencia de las víctimas de entonces, que eran pocas y, en su parquedad, hacían excelso al intruso y a su intrusismo, las víctimas son ahora numerosísimas, casi tantas como personas viven en el instituto, y eso banaliza la agresión y ridiculiza al agresor, que no hace sino una estupidez al alcance de cualquiera y, de la cual, por cierto, puede ser la siguiente víctima, de manera que convierte una transgresión en un juego infantil, en el corro de la patata.

      Todo eso, en fin, considerando que ninguna imagen transmitida por snapchat o por whatsapp o por la siguiente aplicación que nos venga, tendrá, ni de lejos, el mismo valor que la mínima e inocente concupiscencia con que miramos ese culo espectacular que camina por delante de nosotros y al que, como no podemos solazarnos con él, deseamos una larga vida.

    En fin. Lo mejor de todo esto fue la reacción de la chica que impidió el escarnio digital, que no buscaba ninguna recompensa (va suspensa de largo, me dijo el compañero) y que solo estuvo movida por el deseo de hacer el bien. Aquella chica no solo salvó a mi compañero, sino que nos redimió a todos.

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