Gestos

Dentro de unos años, las chicas de hoy consultarán sus álbumes de fotos del pasado y se encontrarán con que no hay otra cosa que una serie infinita de rostros iguales, como los relieves de las escalinatas de los palacios asirios. Las chicas, todas, han estudiado en el espejo cuál es su rictus más favorecedor y han desarrollado una extraña habilidad para adquirirlo en centésimas de segundo. Son tantas las fotografías que se toman que los músculos del rostro reaccionan con una rapidez infinitesimal al objetivo de la cámara o del teléfono. De hecho, es ya un gesto inconsciente del que la mayoría ni se percatan.

Bueno. 

El otro rito ante las fotografías es más masculino, y posiblemente más bobo, más inexplicable. No hay forma de comprender qué lleva a los hombres (sobre todo, pero no solo) a desplegar el dedo pulgar de su mano en ese gesto cesáreo de perdonar la vida al gladiador derrotado, yanki de afirmar que la cosas van bien o feisbuquiense (¡por Dios, qué disparate!) expresando que a uno le gusta lo que sea que le gusta.

¿Qué querrán decir? ¿Que están felices de haber llegado a ese momento de su vida en el que son retratados? ¿Que les parece bien que les hagan la foto? ¿Que tienen ese dedo, que nadie se atreva a dudarlo? ¡No lo sé! ¡Ni ellos tampoco! Estoy seguro. 

Resulta significativo que, como se dice ahora, es un gesto transversal, que repiten jóvenes en el paro, estudiantes, profesores de cualquier nivel, escayolistas, toreros, amas de casa y militares sin graduación. Cuando hace unos meses, el presunto asesino de las dos jóvenes de Cuenca, apareció en todos los medios de comunicación con esa pose de pulgar hacia arriba, me dio por suponer que a la gente se le iría la costumbre, siquiera por el mero hecho de no sentirse identificado ni de lejos con esa persona. 

Pero me equivoqué. No hay manera. Debe de ser que el personal se encuentra feliz perteneciendo a la cofradía del Pulgar Enhiesto, del que forma parte media humanidad. Debe de ser que existe un gregarismo en los gestos que complace a quien los hace. O no sé qué debe de ser. El caso es que la gente puede sonreír o no, estar de frente o de tres cuartos, sujetar un cigarro, un vaso o no... pero nunca fallará ese pulgar hacia arriba estúpido, bobo, sin significado.

Solo les falta mostrarlo a los políticos de primera fila, hoy que están tan empeñados en parecer tan campechanos, tan vulgares y corrientes, tan como todos nosotros.

Supongo que ese día habremos tocado fondo de verdad.

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