Fantasía

Después de las descarnadas enciclopedias de Álvarez, cada supuesto descubrimiento de una nueva carencia en el estilo de enseñanza ha traído una nueva lírica. Recuerdo, como paciente, las fichas informativas, de control de refuerzo y de alguna otra cosa más en que se consumían mis días de escolar sin que los maestros hiciesen nada distinto  de lo que hacían antes de ellas, salvo volverse locos con la nomenclatura, según ellos mismos confesaban. Más adelante, como aprendiz, fui enconado enemigo de los objetivos generales, específicos y no recuerdo qué más que nunca aprendí ni ejercité. Me gustó, ya como actor, el voluntarismo de la logse y hasta aprendí a reproducir su retórica, por más que nunca vi claro que fuese necesaria ni transparente. Sobre todo, nada transparente.

          Ahí me quedé. Lo admito. Durante un tiempo, cualquier nueva literatura daba vueltas sobre aquella, engolada y grandilocuente, que inventaron Marchesi y los suyos, de manera que no hacía falta actualización alguna, por lo menos demasiado seria. Más tarde, casi antes de ayer, llegaron otros conceptos. Maldita pisa y su constatación de que lo que se enseña en las escuelas no sirve para defenderse ahí afuera, en la calle. Como si fuese nuevo. Como si alguna vez hubieran servido más las buenas notas que un buen padrino, y no me detengo más en esto, que ahora no me ocupa. Me declaré en rebeldía y ni pude ni supe ni quise aprender esta nueva retórica. Y así sigo, reacio a matar moscas a cañonazos, a gastar la pólvora en salvas o a hacer seguidismo de las gilipolleces que se le ocurren a algunos cuando se ponen a legislar.

         Sin que se entere nadie y solo por poner un par de ejemplos: no tengo ninguna esperanza de que de ninguno de mis alumnos, adscritos al programa estrella de Wert, la madre que lo trajo, pueda decirse al final de sus estudios que han analizado la transformación del mundo antiguo al medieval, analizando (otra vez) la evolución del espacio europeo, sus relaciones con el espacio extraeuropeo y las caracteristicas más significativas de las sociedades medievales. O bien que han analizado el modelo político y social de la monarquía absoluta durante la Edad Moderna en las principales potencias europeas. A los alumnos a los que yo tengo que pedirles tales cosas habrá que felicitarles efusivamente si distinguen lo que podía hacer Felipe V de lo que puede hacer Felipe VI. Punto. Ahí se acaba la lírica y ahí empieza la prosa.

         Si el poeta que escribió lo que yo he puesto en cursiva cree que la meta que me he fijado es baja, que venga a enseñarme cómo se hace aquello que pretende. Y si considera que es justa, por favor, que haga leyes y deje de escribir fantasías: nunca llegará a la altura de Harry Potter.

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