El invernadero

  No hace falta ningún estudio ni ser muy viejo para saber que una cubierta de plástico multiplica el calor de lo que se ponga debajo. Sin embargo, podemos conseguir que una persona que tenga por lo menos veinte años y haya pasado no menos de diez dentro de una escuela -como la autora de lo que me ocupa en esta entrada- se equivoque al describir el fenómeno por el simple procedimiento de pedirle que escriba algo sobre ese asunto.

   El poder del papel en blanco, el miedo a sentirse examinado, la tensión que provoca tener que hacer algo tan poco natural como es escribir (llevamos haciéndolo cinco o seis mil años y nuestra presencia en la Tierra es mucho más antigua) lleva a que la gente diga cosas que jamás diría en una conversación distendida.

     El examen que leo combina en la definición de un invernadero el cultismo (forma de mantenimiento de las plantas) con la sinrazón: evitando temperaturas demasiado elevadas (...), lluvias, nieve o demasiada luz del sol. Y hace que convivan ambos, cultismo y sinrazón, cuando añade que el ingenio sirve para evitar (los puntos suspensivos) temperaturas escasas.

     Nadie que no actúe bajo la presión de estar dejando una parte importante de sí mismo por escrito diría jamás que una temperatura puede ser escasa (puede ser baja o fría, pero jamás escasa), y doy por hecho que nadie que piense un minuto sobre lo que es un invernadero puede concluir que sirve para proteger a las tomateras de una nevada.

     Los exámenes sirven en muchos casos para amplificar la ignorancia de los examinados. Al margen de este ejemplo de una persona adulta que quiere retomar los estudios, son frecuentes los alegatos de los estudiantes ordinarios: «yo no quería decir eso», «me he expresado mal». En ocasiones se trata de excusas que esconden una ausencia palmaria de estudio pero en otros son una prueba de que escribir, y no solo dibujar signos, es para buena parte del género humano una conquista más difícil de lo que parece.

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