Susana Díaz y la tragedia griega

Para que la hija del rey pueda sentarse en el trono, el rey tiene que dejar el Senado: así lo piden sus enemigos. Y si el rey deja el Senado, la ciudad creerá a los que dicen que en el pasado delinquió. El rey tendría que poder dejar la poltrona y convencer a la ciudad de que siempre ha sido honrado. Pero esto no parece muy fácil porque los enemigos no comprenderán el sacrificio sino que cargarán sobre la honradez del rey, de la que se duda desde hace mucho tiempo. ¿Es legítimo que los enemigos pidan a la hija del rey que sacrifique a su padre para que le ciñan la corona? ¿Debe la hija del rey pedir a su padre que cargue con la vergüenza de haber sido un mal rey para que ella pueda reinar? ¿O debe repudiar al padre y obligarle a dejar el Sendo, lo que será como echarle a que se lo coman los lobos? ¿Debe, en fin, el padre, sacrificarse por su hija? Si el padre es inocente, ¿necesita un rey la aprobación de la ciudad o debería bastarle la tranquilidad de su conciencia? Y si es culpable de falta de honradez, ¿es lícito lo que hace cuando se niega a dejar el Senado y a la vez impide que su hija pueda sentarse en el trono?


     Realmente, lo de Andalucía puede presentarse como una tragedia griega, una de esas tramas en las que cualquier actuación supone elegir entre dos males.


     Pero poniéndonos menos estupendos, ¿alguien se explica por qué los septuagenarios de Chaves y Griñán siguen agarrados a sus asientos oficiales, en los que les quedan meses por estar y en los que no hacen nada que no puedan hacer otros, considerando, además, que en su honradez no cree absolutamente nadie digan lo que digan los jueces?

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