Chiquear

Flickr creative commons
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Los chicos tardaron en conocerse. Él cursa unos estudios donde solo hay compañeros y ella otros donde solo tiene compañeras: son las cosas que tienen los oficios. Pero los pasillos comunes y los recreos estirados como chicles de fresa les permitieron llamarse la atención, fijarse bien, hablarse y finalmente emparejarse. Y es que están los chicos en edad de chiquear. Y de hacerlo a todas horas. Cuando todas las puertas de todas las aulas se han cerrado, aún es posible verlos  (aún es seguro hacerlo) con ese caminar cansino que les acerca lentamente a su destino. Parecen arrastre uno a la otra, frenarse la otra al uno. Todo a la vez pero todo a cámara lenta, como si el amor fuese una losa de cemento pegada a los zapatos. Quien termina una clase acude a la puerta del aula de la pareja, y allí se queda hasta darse de bruces con la primera persona que quiere salir, o acude a asomarse por una ventana, diríase si con la curiosidad de quien espía la ducha de una vecina o de la vieja imagen de la nariz pegada al escaparate de la pastelería.
     Pienso en los pájaros que, ahora en primavera, se descubren, se cortejan y se aparean, y mientras lo hacen no están para nada ni para nadie más. Como que los chicos que chiquean, solo que las aves adelgazan, pierden el color de las plumas, se ajan en su afán de buscar comida y llevarla al nido para sacar adelante a las crías, ponen, en fin, al límite la resistencia de sus cuerpecitos mientras que aquellos, supuestos estudiantes, simplemente hacen nada. Pero nada.
Menos aún.

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