El albañil del Estado Islámico

Estado Islámico, Nínive, esculturas, toros alados, terrorista, quieren borrar una civilización
Imagen tomada de elpais.com

No se sabe nada del artesano que cinceló los toros alados de Senaquerib. Quién era, el tiempo que tardó en hacerlos, el salario que recibió a cambio. Ni siquiera qué suerte de satisfacción interna le iba embargando según daba forma a la piedra y la convertía en un ser bellamente monstruoso. Lo que no puede dudarse es que jamás pensó que lo que había salido de sus manos sería estudiado, valorado y admirado durante milenios: dejando a un lado que los asirios sabían aplicarse en la destrucción del enemigo, a él le habría podido el vértigo del tiempo y quiero pensar que habría considerado desmedido un reconocimiento tan prolongado. Al fin y al cabo, él solo era una suerte de esclavo al servicio del emperador. La gloria pertenece a Dios, no a sus instrumentos.
          Tampoco sabemos gran cosa del albañil que destroza con una radial el rostro de uno de esos toros, aunque podemos llegar a conocerlo todo: cómo se llama, de dónde procede, a qué se dedica cuando deja de destruir.  Desde la distancia que nos separa de él, sabemos que no gana mucho dinero porque el Estado Islámico paga a sus combatienes más con fe que con monedas, lo que, de una forma extraña, es fácil que le una con quien talló la piedra en la noche de los tiempos.

          Lo que también alcanzamos a comprender es que el vídeo y las fotografías que exhibe su organización son contradictorias en sí mismas porque cuando muestran su eficacia destructiva lo están convirtiendo en un icono de su mensaje, lo elevan de albañil al hacedor de la obra de Dios. En el nombre de Dios, la gloria le pertenece a él, que es el instrumento.

             Es fácil que su mujer, sus hijos, los que lo quieren, guarden esa fotografía en un pequeño altar privado y secreto, bajo el hule que protege un vasar, pongamos por caso. Aunque también puede ocurrir que un día su hijo mayor, muy ortodoxo, decida sacarla de su escondite, ponerla sobre una tabla de la cocina y borrarle la cara a golpes con la mano del almirez.

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