Las grullas

A finales de enero pasé un día entero viendo el devenir diario de unas grullas. Lo cierto es que no hicieron otra cosa que comer sin pausa la cebada que encontraban en el suelo. Las vi comer cada minuto de las once horas que pasé junto a ellas hasta que la cara de etólogo aficionado se me transmutó en otra de tipo profundamente aburrido. Lo único reseñable que hacían eran conatos de pelea entre dos machos que durante un instante entrechocaban sus picos. Después, uno de ellos levantaba ufano la cabeza hacia el cielo y emitía un graznido de victoria durante unos pocos segundos, al final de los cuales volvía a buscar granos de cebada entre la tierra, como si nunca hubiera habido una pelea. Claro, que a veces eran los dos animales contendientes los que se proclamaban vencedores sin que eso diera lugar a más confrontaciones. Traté de buscar alguna analogía entre ese comportamiento tontorrón y algún otro, propio de humanos, pero desistí porque ninguno me hubiera parecido demasiado estético.
    Esta mañana, en fin, mientras leía el periódico soleándome con los primeros rayos primaverales, un estrépito de graznidos me ha interrumpido. He mirado hacia el cielo y he visto llegar desde el Sur una manda inmensa de estas aves, que marchaba poniendo rumbo hacia su lugar de veraneo, buscando el frío por aquello, digo yo, que tiene que haber de todo. Pero nada de una marcha ordenada, una de esas uves perfectas que nos cuentan los naturalistas y los dibujos animados. Más bien aquello era un tropel que se movía anárquicamente y que avanzaba a base de traspiés, de firmes decisiones y torpes arrepentimientos.
    Gracias a ese errático peregrinaje he podido disfrutar de su algarabía un buen rato aunque, como la otra vez, he renunciado a buscar analogías.

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