Iguales y desiguales

    Tengo para mí que el colmo de la indolencia de los alumnos es no esforzarse en aprender los nombres de los profesores. Ellos creen que es una costumbre inveterada pero, como tantas otras falsas tradiciones, no es verdad. En mis primeros tiempos como docente los alumnos me llamaban por mi nombre e incluso anteponían aquel mayestático «don» que sí que está en desuso y creo que nadie quiere para nada. No puedo precisar cuándo cambió la costumbre, aunque, desde luego, podría rastrearse en las biografías de los docentes veteranos, pero lo cierto es que hoy no es infrecuente que muchos alumnos terminen el curso sin conocer cómo se llaman sus profesores, algo inimaginable en los contextos no académicos en los que viven.

    Ayer por la mañana, el profesor informó de que quería ser llamado por su nombre, y el aula entera se convirtió en un clamor:

    - ¡Aprender el nombre! ¡Vaya fastidio!

    - ¿Y qué más da?

    - ¿Pues no eres el profesor?

    - Soy su profesor, y de la misma forma que yo hago el esfuerzo de aprender sus veintitantos nombres quiero que ustedes hagan el esfuerzo de aprender el mío. Por lo demás, igual que yo les trato de usted, quiero que ustedes me traten de usted.

    - ¡¿De usted?!

    - ¿Y eso cómo se hace? ¡¿Eh, usted?!

    - Yo no sé hacerlo

    - ¿Y por qué tengo que hacerlo?

    Media clase después de sofocados los escándalos, un alumno pregunta si pueden usarse los móviles y se le responde que las normas del centro lo impiden. Alguna vez se usará como recurso didáctico pero mientras tanto deberán permanecer apagados y guardados.

    - Y eso es para todos, ¿no? -reclaman, urgentes y broncas, dos o tres voces casi al unísono.

    - Claro... no entiendo -duda el profesor.

    Los alumnos señalan entonces que su teléfono reposa sobre la mesa y él lee en sus torvas miradas la desconfianza, la envidia, la sospecha de un trato desigual.

    El profesor, que sabe que un aula es un espacio de negociación, aclara que el teléfono es la herramienta con la que pasa lista y el sustituto del reloj de pulsera que no usa. Explicar antes que imponer. Mostrarse razonable antes que autoritario.

    Pero también entonces recuerda la mitad anterior de la clase y les escupe su diferente vara de medir. Ellos exigen la igualdad para que el profesor no tenga privilegios y evocan la desigualdad para mantener los suyos.

    «Váyanse a paseo», diríase que está a punto de decir, aunque, si le preguntasen, juraría que su expresión es solo la de quien no está seguro de haber sido entendido adecuadamente.

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