¿Y si es para siempre?

Hasta ahora hemos trabajado con la hipótesis de que la crisis acabará algún día. Sabemos que, desde los tiempos bíblicos, las épocas de vacas flacas finalizan  y dan paso a las de vacas gordas.

    Pero, ¿y si las cosas han cambiado? ¿Y si la crisis no es un estado transitorio sino una situación nueva, estable, si se trata de que estas serán nuestras condiciones de vida para las próximas décadas o siglos?

    ¿Quién dice que no es posible? La fecha de la recuperación se retrasa de año en año. Ahora, el FMI anticipa un paro del 25% al menos hasta 2018. Suponiendo que el descenso de esta cifra durante los años previos se mantenga, los niveles de empleo de 2008 no se recuperarían antes de quince años. O sea, no menos de un cuarto de siglo de oscuridad.

    Con una población cada vez más envejecida y un paro cercano a la tercera parte de la activa, los pocos que trabajen tendrán que mantener cada vez a más gente. Pero sus sueldos decrecen sin cesar, así que la cantidad que aportarán para pagar a los subsidiados (jóvenes, viejos y parados) será cada vez menor porque, además, con los ricos no podremos contar para esta causa.

    Parece seguro que habrá menos dinero a repartir entre más gente. La pobreza dejará de ser un concepto para convertirse en una realidad con la que nos toparemos con la misma frecuencia con que nos topamos hoy cuando viajamos al sur de Gibraltar.

    La estructura social se parecerá cada vez más a los países del Tercer Mundo, con muchos muy pobres y pocos muy ricos, si bien no contaremos con la reserva de iniciativa, de mano de obra y de capacidad de transformación que representa la juventud de los países pobres de hoy porque aquí las familias tienen pocos hijos, ahora en parte por comodidad y desde ahora en parte por imposibilidad.

    Sin dinero para repararlas, las carreteras se deteriorarán hasta convertirse en caminos intransitables; los hospitales del común de la gente estarán cada vez más sucios y peor dotados; en las escuelas volverá a pasarse frío; las calles se poblarán de ociosos y vendedores de baratijas y volverán a ser lugares peligrosos.

    Para entonces, los países que hoy llamamos emergentes liderarán el mundo con soltura. Nos habremos convertido en periferia, en subdesarrollo, y en nuestras televisiones convertidas en antiguallas veremos con envidia cómo viven en Río, Calcuta o Pekín. Algún economista de ojos rasgados o piel morena ganará un Premio Nobel explicando el fenómeno del hundimiento de Europa y cualquier día una ONG  de la otra parte del mundo desarrollará proyectos de cooperación en barriadas marginales de las grandes ciudades españolas.

    Mientras, nuestros políticos seguirán discutiendo entre ellos sobre cuál es la mejor alternativa para sacarnos del pozo y tratarán de convencernos de que la verdad reside en ellos. Será eso lo único que no cambie.

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