Torremolinos

Publicada el 27 de mayo de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

 

En el Doyles Corner se pegan las suelas de los zapatos y se habla Inglés desde el «gudívinin», sin que lo uno tenga que ver con lo otro, al menos necesariamente. Un hombre orquesta interpreta «The Gambler» y en la terraza fuman dos docenas de británicos entre un aplauso desganado y el siguiente. Un calvo fibroso con perilla entrecana me sirve el café en un tazón, me pregunta si tengo suficiente y mira con nostalgia los vasos de las pintas. Cuatro cuarentonas con el pelo color paja de avena las unas y de cebada las otras trasiegan cerveza con la soltura de una cuadrilla de seguidores de la Carlin y periódicamente reponen el carmín que se les deshace en la cerveza. Tienen la piel como un trozo de pan olvidado en la tostadora, visten gasas y leopardos a partes iguales, y hablan -por lo que se tocan- de los trucos para esquivar al sobrepeso y a la ley de la gravedad. Mi apariencia latina no les interesa, y bien que me extraña, me digo, cuando una madre, una hija que para evitarle viajes parece haber sido dos de golpe, y su novio, un «hooligan» rubicundo con una puñalada en el bíceps, me piden unas sillas y lo que hacen es sentarse a mi mesa. Dar la mano y tomarse el brazo se le llama a eso, y también a ver si mejoras tu inglés, gilipollas. Molesto, me voy al fondo a la derecha, ya sabes el sitio, y pienso qué porción del negocio de esta taberna del Buda se queda en nuestro PIB. En la trastienda una caja de «onions» me ayuda a rebajar los cálculos y cuando vuelvo sonrío con donosura a mis invasores y les digo que os jodan que el sábado os vamos a ganar el partido. Bye, sonríen los tres, y pienso que también ellos tienen que mejorar su segundo idioma.

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