Sequía

Publicada el 09 de marzo de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


La primera vez que oí hablar de un manifestómetro fue cuando lo inventamos un grupo de estudiantes y yo en una tormenta de ideas sobre publicidad de cosas imposibles. Años después, una empresa lo inventó de verdad. Por fin se acabarían las discrepancias sobre cuántos manifestantes habían mostrado su disconformidad con el aborto o con estar en contra del aborto. Resulta que esta semana la empresa ha cerrado porque su invento no ha suscitado gran interés, justo cuando parece que asistimos al principio de una larga etapa de ocupación de la calle por los ciudadanos a los que agrede un Estado en proceso de evaporación. ¿Cómo es posible que a nadie le interese saber si en Barcelona se manifestaron 70.000 o 25.000? ¿Es que es lo mismo una cosa que otra? Pues parece que sí. El otro día hubo huelga de funcionarios. ¿De cuántos? Da igual. Para el gobierno no hubo nada y para los sindicatos muchísimo. A nadie le importa discernir entre las cifras. La realidad ha dejado de existir y no se la echa de menos. En el mejor de los casos, es una cifra que no escucha ni Dios. Mientras, percibo una rotura en la sociedad como no recordaba desde la pre-democracia. Los salones de plenos se ocupan con obediencia ciega y se producen rifirrafes entre la guardia pretoriana y los contribuyentes. Ando pensando en el sitio al que nos lleva todo esto cuando el trabajador que me cobra la gasolina relata que la única verdad es que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Interesante, le contesto, y a punto estoy de enredarme con él en una discusión sobre la verdad y la realidad. Porque esta ya no existe, sigo pensando. Quizás se la hayan comido los ricos.

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