Seguril

Publicada el 6 de abril de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


El otro día me contaban que los chistes se parecen a las enfermedades al menos en una cosa, y es que vamos conociendo unos y otras según cumplimos años. Así, me pusieron ejemplos un poco bobos, aunque ciertos, de chistes que aprendimos de niños o de jóvenes y que hemos visto cómo aprendían nuestros hijos a la misma edad. Ahora que estamos en el tiempo de conocer más de cerca a las enfermedades también conocemos a los medicamentos, y así como en mi infancia conocí el chiste del perro Mistetas ahora sé qué es el Seguril. Ignoro por qué fue bautizado con un nombre tan irrevocablemente estúpido aunque quizás tenga que ver con su infalibilidad, muy por encima de la de la aspirina. Para los que tienen la suerte de ignorarlo todo sobre este fármaco diré que se trata de un compuesto que desagua al enfermo en el que entra. El seguril convierte al paciente en una suerte de Maneken Pis irrefrenable, un ser humano que orina sin descanso el día entero. Un ser orinante. Empieza eliminando del organismo los líquidos que sobran, pero luego sigue con los que tienen que estar, con esas tres cuartas partes de agua que somos, y si el médico no lo retira, transforma al enfermo en un ser de hueso y cada vez menos carne, en un triste pliego de papel de fumar. Algo así como lo que inversores, especuladores, dirigentes alemanes y otra ralea están haciendo con España, a la que ya le han sorbido el sobrante pero siguen exprimiéndola. Si yo fuese Rajoy estaría formalmente deprimido al ver que mi sola presencia en el gobierno no ha servido como había previsto. Ni tampoco que haya jodido a casi todos los españoles, según le aconsejaron. Ni que me se siga mostrando dispuesto a darles un poco más por allí. Nada sirve. Para evitar que nos intervengan, Mariano solo puede hacer una cosa: tomar las medidas que tomarían los interventores. Guindos debería aclarar si son esas las reformas que dice que tiene en la agenda: al fin y al cabo los enfermos tienen derecho a conocer su futuro. En esta España, enferma de un mal mal diagnosticado, el hiperliberalismo ha entrado en nuestras venas como una ampolla de seguril. Como no nos la retiren a tiempo no podremos volver a tenernos sobre nuestros pies. El medicamento acabará con nosotros.

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