Reconversión

Publicada el 10 de febrero de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


La única red social de la que formo parte es una red profesional donde me he fabricado un perfil espléndido. Lo que Sabina hace con la imaginación, yo lo hago con el ordenador. Donde él se veía como un pirata cojo con pata de palo, yo me veo como un talentoso corredor de bolsa, abogado y fisioterapeuta que ha pagado (y cursado) varios másters en administracion (exitosa) de negocios. Ofrezco en mi perfil cuarenta y tres referencias de otros tantos empleadores falsos que aseguran que el día que decidi cambiar de empresa lloraron a moco tendido junto a las decenas de empleados a los que les había arreglado con las manos las contracturas del cuello a la vez que, dando órdenes verbales, mis ayudantes ganaban para la firma cantidades inmorales de euros. Ayer decidí convertirme en el director de recursos humanos de una multinacional tan importante que nadie conoce y en las primeras tres horas recibí doscientas cuatro demandas de trabajo. Un director de teatro se ofrecía como limpiabotas. Un virtuoso del violín, como tamborilero. Una economista que casi rivalizaba en títulos conmigo, como planchadora. Un gerente experto, como becario... Pensé que toda esa gente se parecía un poco a mí porque compartíamos la ilusión por cambiar de vida, y me pareció tremendamente sugestivo que ninguno tuviera grandes aspiraciones económicas. Vamos, ninguna aspiración económica. Todos estaban dispuestos a trabajar gratis en sus nuevas vidas, por lo menos los primeros meses, hasta que la empresa encontrara otro que lo hiciera mejor y quisiera trabajar por el mismo sueldo. «Somos un país en reconversión», se apresuró a interpretar mi socio ficticio en mi empresa inexistente. Pero yo, que soy mucho más lírico, le corregí y le dije que lo cierto es que no hay nada como una buena crisis para descubrir nuestras pasiones ocultas.

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