Preferentistas

Cualquier fotografía de los afectados por las preferentes da una idea acerca de lo que estamos hablando. Hombres y mujeres de cincuenta años para arriba. Prendas sin marcas reconocibles. Rostros de haber trabajado toda la vida. Cuerpos que no han entrado en un gimnasio, en una clínica de medicina estética. Peinados de peluquería de barrio. Gente cuya biografía desconocemos pero que presumimos. Currantes que habían pospuesto el crucero para cuando el imserso se lo diese más barato. Habían decidido pagarlo con los ahorros del banco y no tocar lo gordo, el principal, por si acaso los chicos tenían que ponerles una cuidadora o -lo peor- meterlos en una residencia.


    Eso que los economistas llaman ahorradores.

    Los bancos diseñaron un producto a su medida: una cosa parecida a un plazo fijo pero que daba intereses más altos. La clave estababa en qué era la cosa parecida. Y se eligió la expresión participaciones preferentes que, a bote pronto, parece que está diciendo que quien las compra es un cliente de los preferidos por el banco. Por eso le daba más intereses que a los demás.

    El sistema tenía un mecanismo de seguridad muy fiable que era el director de la oficina bancaria. Si alguien sospechaba de un producto que daba duros a cuatro pesetas ahí estaba el director, un maestro de la comunicación, un experto de la cosa esta y un amigo de la familia. No hay nada que temer. Es como un plazo fijo pero te dan algo más de dinero. Ya te digo: participaciones preferentes, imagíanate.

    Si el director sabía o no lo que vendía ni siquiera es pertinente. No podemos acusarle de falta de ética, salvo en un arrebato de los de hablar mal y pronto: presionado por los objetivos que le imponían desde arriba, las vendía y punto. Hacía su trabajo.

    El perfil repetido del preferentista nos hace pensar, no obstante, que alguien dibujó a la vez el producto y el cliente al que se le podía colocar. Un tipo hábil que debió de ganar mucho dinero con la ocurrencia y al que la justicia debería perseguir porque es seguro que ahora mismo está pensando en otra manera de hacer lo mismo: timar a quien pueda.

    Más arriba está el Banco de España. Si fuera ésta la única vez que ha hecho de puta pena su trabajo nos sorprendería. Así, solo nos queda constatarlo. ¿Cómo es posible que «el regulador» (está uno harto de tanto nombrecito estúpido) no se enterase de nada? ¿Cómo es posible que a nadie del Banco de España le llamara la atención que un producto peligroso como las preferentes tuviese tantos clientes y de un perfil tan parecido?  Pues porque al Banco de España los ahorradores le importan un pimiento. Él está para cosas de más enjundia. En lugar de ser una instancia independiente que asegure (otro nombrecito) la estabilidad del sistema financiero es un instrumento más del gobierno (de todos los gobiernos) para hacer política y prescindir de los ciudadanos.

    El director de la oficina, los servicios centrales del banco o la caja, el Banco de España o el gobierno de quien este depende son responsables de este tocomocho. El único que no es responsable es el ahorrador, ese tipo corriente y moliente que puede verse en cualquier fotografía de prensa y al que entre todos han engañado como a un chino (de los de antes, claro).

    Curiosamente, será el único que pagará la factura..

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