Pensiones

Estoy de nuevo en un mar de dudas. No sé si me interesa un cuatro por ciento de la nada que tengo en un banco a punto del naufragio, de la nacionalización o de ambas cosas, o un juego de sartenes de dudosa adherencia. O una lavadora, ahora que lo pienso, que me parece que me hace falta. Cualquiera de estas cosas es el chollo-del-siglo que me ofrecen los bancos para que les confíe a ellos mi futuro. Todo son ventajas, empezando porque son muy profesionales, a pesar de las evidencias, siguiendo porque me ahorraré unos impuestos en la próxima primavera y terminando porque cuando me jubile, si es que me dejan, me harán nadar en la abundancia.

     Algunas cosas deberían estar prohibidas por la Constitución o, al menos, por el sentido común, como estos inventos para idiotas. Hay quien creyó que era verdad que el Estado iba a dejar de pagar pensiones...y que los bancos iban a vernir a nuestro rescate (con perdón). Se desató la fiebre del pensionazo y los bancos pillaron recursos por doquier para garantizar, en el dos mil y pico, sonrisas profiden a parejas de jubilados sanotes que habían sabido invertir cuando eran tipos de mediana edad.

     Hoy nos acercamos al dos mil y pico y todas las cadenas de televisión tienen bocetos de programas con entrevistas a inversores que tengan en sus planes de pensiones más dinero que antaño. Pero no los encuentran. Nadie contó suficientemente alto que la sonrisa profidén dependía de la evolución de la bolsa. O, lo que es lo mismo, nadie advirtió que eso era jugarse el retiro a los dados. Como de costumbre, los gobiernos se asociaron con los trileros y mostraron la china debajo del cubilete en forma de ahorro de impuestos para hoy y estacazo para mañana. Un mal negocio para todos menos para los de siempre, los bancos, que, gane usted o pierda, se quedan con la comisión.

     La comisión, esa materia de la que están hechas las sartenes sin adherencia, los cuatro por ciento y las lavadoras.

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