Pérgamo

Publicada el 4 de noviembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


En el museo berlinés de Pérgamo se ha colocado una estructura anexa que podrá visitarse durante un año. Se trata de un cilindro de veinticinco metros de altura en cuya pared se ha dispuesto un lienzo de cien metros de largo. En él un artista local ha repesentado la ciudad asiática según sería en los tiempos clásicos. Asomado a una terraza fabricada alrededor de un contenedor de barco, el espectador asiste, desde lo alto, a un día en la vida de la ciudad. Como es una pintura, los personajes no se mueven, pero los efectos de luz y sonido transmiten con realismo la idea de que el tiempo está pasando. Esa sensación de que lo que para ti es un minuto de contemplación muelle son dos horas de trabajo duro del campesino te hace sentir como si fueras Dios. El escultor que al fondo talla una obra no sabe cómo le va a quedar pero tú sí, porque la has visto terminada e incluso destruida por el trabajo laborioso de los siglos o el más repentino de las guerras. Desde la atalaya de hierro reutilizado por el espíritu pragmático alemán cualquier turista sin formación ni fe puede sentir que forma parte del Olimpo. Era eso lo que le pasaba al otro día a un tipo con el aspecto de un estibador polaco al que se le había adherido al rostro una sonrisa de condescendencia. Debía de llevar allí desde que abrieron el museo y miraba abstraído hacia el gran altar donde ardía una pira con la que los pergamenos buscaban el favor de los dioses para la próxima batalla con la misma eficacia ahora -en un dibujo sobre el lienzo- que entonces, cuando la supervivencia de la ciudad se confiaba a la fuerza con la que ardían los troncos de las encinas. El estibador había comprendido la grandeza de sentirse divino y, a la vez, la vacuidad de todo empeño humano, así que acababa de perder cualquier motivo para moverse de ahí y había dejado su futuro en manos de los guardias de seguridad, que lo desalojarían a la hora del cierre.

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