Juegos Olímpicos

Publicada el 2 de agosto de 2012 en El Día de Castilla la Mancha .

 

Nada mejor que los Juegos Olímpicos para cansarse uno. Es encender la televisión y ver a un número variable de personas de todo sexo y condición corriendo, saltando, arrastrándose o golpeando cualquier cosa, incluyendo en esa categoría la cabeza de otro semejante, como si les fuera la vida en ello. Se cansa uno, digo, y no me refiero a aquello de que a uno le pasa lo mismo que a quien está viendo, sino que está uno harto de no ver otra cosa. Si repetimos una palabra cien veces deja de tener sentido. Con el deporte en cantidades industriales se produce el mismo efecto. Después de ver pelotas de todos los tamaños ir y venir por la pantalla sin más decanso que cuando me voy a tomar un café, ¿qué más me da que caiga a este lado de la arena o al otro, que entre en la portería o en la boca del árbitro? ¡Como si se pincha y no encuentran repuesto!
Por otro lado, o veo a los de siempre compitiendo contra los de siempre con los resultados -¡sí!- de siempre (menos los futbolistas de España, que consiguen los resultados de antaño) o a los que nunca vemos, que compiten contra otros desconocidos en actividades que resultan ser deportes. Lo uno no me interesa por previsible y lo otro por irrelevante. Hay, en fin, tantas competiciones que no queda ni la gloria para el vencedor. ¿Quién se acordará en septiembre del nombre del campeón de bádminton, además de su madre? ¿Y del de tiro con arco, siempre que no se llame Guillermo Tell?
Para terminar de estropearlo todo están los periodistas deportivos, que relatan los acontecimientos con la objetividad de un párvulo y que deberían ser sustituidos por poetas, ya que éstos y no aquellos son los que saben utilizar las palabras adecuadas para encumbrar a los héroes o culpar a los elementos de las derrotas.

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