Jubilación

Publicada el 2 de septiembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo

 Cualquier patán decía que venía de Belmonte y se hacía en el ministerio un silencio respetuoso que no ha vuelto a escucharse en Madrid hasta que Mourinho llegó al vestuario del Bernabeu. Era cuando el país se extendía más allá de Despeñaperros y en las reuniones te encontrabas con gente de lugares exóticos como Granada o Teruel. El ministerio era mucho más que la raspa de pescado que es hoy y trataba de poner en pie un sistema educativo nuevo preguntándole a todo quisqui cómo quería que fuera. ¡Qué tiempos tan cándidos! Lo que había hecho de Belmonte una autoridad era la autoridad de Enrique Campos, un maestro de escuela acostumbrado a saber lo que se llevaba entre manos, lo que ni entonces ni ahora era demasiado frecuente. Dirigía uno de los Centros de Profesores más pequeños y más influyentes del país y aspiraba a hacer bien su trabajo. Algunos, muy jóvenes, aprendimos tanto que casi no volvimos a hacerlo, mitad por devoción mitad porque nos pareció que ya no podíamos. Mas otros peinaban canas y eran tan duros de oído que no reconocían la voz del que hablaba no para hacer ruido sino porque sabía las cosas. Expertos en moverse por el escalafón como sabandijas, algunos prosperaron largamente. Enrique se fue a Albacete sin que nadie le dijera espera, hombre, que ni hay prisa ni gente como tú en los alrededores, y sin que tampoco nadie acudiese a despedirlo. Se retiró del mundanal ruido y volvió a trabajar de maestro otro puñado de años haciéndolo como solía: bien. Como nadie. Se jubiló en junio sin que Barreda, ocupado en abandonar el desorden, le obsequiase el reloj que daba a los maestros del cortijo que se le retiraban. Mejor, porque siempre mereció algo más. Ayer empezó el primer curso sin Enrique Campos dentro de un aula. Todo un hito.

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