Esencial

Ignacio González, presidente de rebote de la comunidad de Madrid, se lamenta de la huelga del personal de la lavandería central de los hospitales. Corrijo: no se lamenta porque no es su estilo. Recuerda, amenazante, que la obligación de los empleados es cumplir con las obligaciones que les corresponden. Algo así como seguid tentando a la suerte y veréis dónde vais a terminar. En su fuero interno, lo único que lamenta es que estos rufianes van a escaparse de la ley anti-huelga que los suyos están preparando para, con otros disparates, volver a pintar este país en blanco y negro, siendo los negros, claro, los empleados.

     Además, González, en su encendido reproche a los trabajadores que quieren seguir siéndolo dice que su trabajo es esencial. Esencial, sí, es la palabra que ha usado. Como es natural, miente. Porque si creyese lo que dice no hubiera privatizado el servicio por si acaso la empresa adjudicataria decidiera rescindir contratos o bajar los sueldos, eventualidad más que previsible. Y es que con lo esencial no se juega y quien desempeña un trabajo esencial no puede ser tratado como si fuera proletariado del siglo XIX.

     Botella, mucho menos hábil que González, no ha dicho que el trabajo de los barrenderos es esencial porque la repugnancia que le produciría oírselo decir sería muy superior al de todos los sapos que todos los políticos del mundo han debido de tragarse desde Churchill hasta hoy. Pero los hechos han demostrado que incluso los barrenderos son esenciales en las ciudades, aunque la alcaldesa no quiera admitirlo. Porque así funcionan las sociedades, con la aportación de todos, incluso los de los trabajos peor vistos. Por supuesto, no hace falta decir que las sociedades en las que mejor se vive son las más cohesionadas, aquellas en las que se aplican las políticas opuestas a las de González, Botella y tantos otros.

     Ellos sí que no son esenciales.

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