El ídolo

Publicada el 19 de agosto de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


Mientras escribo esto, veo la fotografía de un grupo de chicas presas de un ataque de histeria como si acabase de pasar por delante de ellas Carlos Baute en pelotas y no un anciano con sayas blancas en un coche blindado. Llevo días tratando de averiguar qué ha hecho Ratzinger para despertar una pasión semejante entre los adolescentes y no consigo encontrar nada. Objetivamente, no ha dicho ni hecho nada que pueda hacer que esa chica que veo en la prensa digital grite como si estuviese poseída. Si me dejo llevar por sus declaraciones, concluyo que la clave de tanta pasión estriba en lo que va a contarles, en el mensaje que dicen que esperan escuchar, pero me permito dudar de ello. No hablo a humo de pajas. La prensa subraya que Ratzinger acaba de admitir que España tiene algunos problemillas pero afirma que es mucho mayor «el afán de superación de los españoles, con ese dinamismo que los caracteriza y al que tanto contribuyen sus hondas raíces cristianas.» Si a los adultos nos dice que siendo buenos cristianos vamos a conseguir reducir el déficit público, con qué cuento no les irá a los jóvenes. Lo mismo les asegura que llegando vírgenes al matrimonio encontrarán trabajo antes. Pero como esto tampoco puede ser, no solo porque el Papa no puede mentir, sino porque no puede salirse del guion, se llame Ratzinger o Pérez,  ¿qué escucharán los jóvenes estos días? En realidad -y ellos lo saben- lo mismo que les cuentan los curas en sus parroquias porque en estas organizaciones el mensaje que perdura es el que fluye de arriba abajo: los otros se eliminan. Así que lo que importa tampoco son las palabras, que son bien conocidas. Lo único importante es el ídolo. Justo lo menos que necesita ahora la sociedad: ídolos. Se llamen Ratzinger, Rubalcaba o Rajoy, lo que necesitamos es cargárnoslos a todos y tratar de pensar por nosotros mismo.

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