Dos mil euros

Publicada el 13 de enero de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


Hace tres o cuatro años, un albañil, un calefactor o un electricista ni te escuchaban si les hacías un encargo que no llegase a los dos mil euros. Dos mil euros es lo que cobraba IU (ya saben) por cuatro ratos de charla sobre cómo robar con guante blanco. Dos mil euros sería el montante de una fiestecilla del montón de entre las que el chófer le amañaba a ese peculiar alto cargo andaluz (o no tan peculiar: veremos qué airea el PP cuando gane en primavera). Las administraciones están llenas de facturas de dos mil euros pagadas a hoteles y restoranes por mejor no saber a cambio de qué. ¿Qué son dos mil euros para el aplaudido Calatrava, arquitecto acostumbrado a que en Valencia le paguen varios millones a cambio de no hacer absolutamente nada? Pues eso. Nada. No son nada.

Dos mil euros -algo menos- es, sin embargo, lo que cuesta el contrato mensual y los seguros de Silvia Sanz, esa investigadora del Centro Príncipe Felipe (curiosamente, también de Valencia) que tendrá trabajo los próximos cuatro meses porque la madre de una niña enferma ha conseguido reunirlos mediante una suscripción popular. El ministro del Interior debería haber censurado esta noticia para que no seamos el hazmerreír de las naciones serias. Un país que gasta en aire millones de euros mientras trata a sus científicos como si fuesen peonaje sin cualificar tiene poco futuro. A cada jugador de la selección española de fútbol la federación le pagó trescientas veces dos mil euros por ganar la Copa del Mundo. Ese es el precio de nuestro sueño y ese es nuestro sueño: ser buenos peloteros. La prosperidad es cosa de otros.

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