Disculpas

Publicada el 13 de abril de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


La disculpa del rey está a medio camino del «no lo volveré a hacer más» de Sandro Giacobbe y del más o menos lo mismo del chiquillo que ha aligerado de euros el bolso de su madre y ha puesto a la mujer en un apuro en la pescadería, cuando ha ido a pagar el arreglo para el arroz. El italiano no deja de ser un cabrón con pintas que le echa la culpa a la mejor amiga de la novia, cuyos ojos lo llamaban pidiéndole caricias y cuyo cuerpo le rogaba que le diera vida: eso lo habría visto en alguna película de Ron Jeremy y se lo cuenta a la chiquilla creyendo que ella se lo va a creer. En cuanto al pequeño caco doméstico, de sobra sabemos que era la enésima vez que le limpiaba de calderilla a su madre y que en esta ocasión simplemente se le había ido la mano. Ni uno ni otro hacen un acto de contricción sino de atrición, como le gustaba al cura de la parroquia subrayar cuando sospechaba que el arrepentimiento no era sincero sino una milonga que le contábamos para ganarnos el perdón, aquella paga espiritual de los domingos que nos permitía empezar a delinquir de a poquito a partir de las cinco de la tarde. Los medios de manipulación monárquicos (o sea, todos) subrayan la valentía del prócer y ninguno se pregunta cuántas fieras lleva en el macuto ni la cantidad de veces que nos ha limpiado el bolsillo respondiendo a la mirada de bruja que le lanzaba alguna pantera negra en las selvas africanas. Los mismos que alaban el penoso espectáculo de un anciano diciendo que no va a repetir algo así, podrían informarnos de las mil cacerías que han precedido a esta, de los negocios privados que mantiene, de las razones por las que encubrió a su yerno descarriado y algún que otro etcétera. No comprendo por qué existe ese empeño de elevarlo a los altares. Es rey, y no es poco; no querramos hacerlo santo. En cuanto a él, comprendo menos por qué no ha aprovechado la ocasión para marcharse. «Lo siento, y como no soy digno de estar en vuestra casa, cojo las de Villadiego y aquí os quedáis.» La pensión no se la van a bajar y podrá pagar sus medicinas. En cuanto al país, se las arreglará bien sin él. Eso es seguro. Si abdica mientras esté a tiempo de hacerlo, podrá verlo, supongo que complacido de nuestra madurez, entre una cacería y la siguiente.

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