Dieciocho por ciento

Recién llego del único lugar de España donde no llueve y desde luego que no es por casualidad. Diríase que el sol se ha apoderado de todos los vientos del mundo y los usa para mantener alejadas a las nubes y tambaleantes a los hombres. En el Cabo de Gata las abuelas no salen a la calle si no es del brazo de un nieto fornido y los jornaleros negros gastan los días de fiesta pedaleando contra todas las corrientes por la ribera de los mismos invernaderos donde se cuecen los laborables. Pero también ha llovido aquí en las semanas anteriores y las doscientas mil especies vegetales diferentes que tanto se parecen unas a otras lucen un bellísimo verde desierto.

     En algunos pueblos diminutos de casas blancas como dados en donde las ventanas hacen de números ya no huele a la sal de las redes sino a paella de turistas por la mañana y quife y té moruno por las noches, cuando se abren al público tiendas de ropones que regentan las nietas de abuelas que fueron hippies. Sentado en la terraza de un bar a la que se encarama el mar para escupirme nada más que por ser yo de tierra adentro, me sirven una tostada con tomate y solamente el tenedor, seguro que para no tener que fregar tampoco el cuchillo, y me entero con la charla de que los grandes plasticotenientes hace tiempo que deslocalizaron la mata y producen el raf en Marruecos.

     Pero lo que más me sorprende es que en el faldón de la portada de un periódico local se anuncia un establecimiento que descuenta un dieciocho por ciento a los funcionarios. Eso es valor, pienso, mientras veo a las gaviotas volar a salvo de la crisis, y lamento haber ido hasta allí en vacaciones porque de lo contrario me hubiera traído a casa un lavabo si la tienda vendía sanitarios o un ornitorrinco si eran animales de compañía lo que mercadeaba, que hay que ver qué cabeza tengo que no logro acordarme.

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