De reyes y príncipes

Publicada el 29 de abril de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


El hecho de que, antaño, los familiares varones del recién entronizado rey de Etiopía fueran encerrados de por vida, habla del riesgo cierto que entonces corrían los reyes. En muchos lugares de África se les asesinaba cuando perdían facultades o caían heridos porque una comunidad no podía tener un líder a medio gas. De algún modo, el absolutismo fue una forma de poder inventada por los reyes para minimizar los riesgos del oficio, si bien nunca estuvieron a salvo de los revolucionarios ni de otros azares, como la mordedura de un mono que le costó la vida a Alejandro de Grecia, la impetuosa corriente de agua que ahogó a Sonni Ali, de Shongai, o el tropezón de su caballo, que puso fin a los días de Juan I de Castilla. Se entenderá fácilmente que cuanto más riesgo tenía ser rey más atractiva era la condición de príncipe, pero ahora las cosas han cambiado y podríamos también acordar que el alargamiento de la esperanza de vida ha supuesto un golpe mortal para las aspiraciones de los príncipes. Al contrario de los republicanos, que le tienen tanta inquina, yo le profeso una cierta lástima a Felipe de Borbón, que con cuarenta y tres tacos sigue trabajando de aprendiz y hace como que no le importa. No digamos nada de Carlos de Gales, a quien le faltan dos años para jubilarse y sigue en el banquillo. Así que al próximo, este Guillermo que se casa un día de estos, más le valdría hacerse francés y republicano porque llegará antes a Jefe de Estado en el país de la Bruni que en la pérfida Albión.

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