Animalitos solidarios

   Una parte de Galicia está de duelo, según se empeñan en demostrar los medios. La otra parte está de fiesta. Fiesta del albariño, del ribeiro, de los productos del mar, del mejillón, de la ostra, de la almeja, del pulpo, del percebe, del marisco en general y hasta del pan. Hay un pueblo, al que deben de haber dejado sin marisco que nombrar, que ha decidido, sí, hacer una fiesta del pan. Ignoro si la tradición es milenaria pero creo que no. Más parece aquello de encontrar una excusa con la que hacer caja. Naturalmente, el grueso de la fiesta es armar una serie de casetas donde despachar vino y comida a montones y sin remilgos, servilletas ni tenedores. Con semejante aluvión de festejos, coincidentes en las fechas, uno no puede dejar de imaginarse a los gallegos yendo de un sitio a otro, pasado mañana en aquella parte de la ría, mañana en ese pueblo, a medio día de hoy aquí mismo y por la noche a ver si nos da tiempo de acercarnos a aquel lado, en un frenesí pantagruélico propio de los celtas irreductibles que son sus antepasados más lejanos.
      Claro que, además de los propios se trata, quizás más, de pescar a los madrileños que pasean dorado de yate y rebeca de Tommy en los atardeceres frescos y decadentes de Sanxenxo, Portonovo, Cambados, O Grove o Ribeira. Hay que darles un argumento para adornar las noches de invierno en la meseta, ¿te acuerdas de aquel plato gigante con doscientos ochenta kilos de pulpo? Sacarlos, en fin, algún día de los establecimientos de variado lujo que frecuentan y mezclarlos con el común en mesas corridas sin mantel y platos de plástico, junto a una pareja que se mordisquea y una familia cuyo patriarca perece enterrado bajo una colina de cáscaras chupadas. Pues a mí me sentaron mal aquellos percebes, después de la mariscada del día anterior, y no creas que eran baratas las sardinas, a un euro la pieza.
     Uno había oído siempre que los meses buenos para el marisco son los que tienen en su nombre una erre, pero en agosto los animales de las rías hacen un esfuerzo para estar sabrosos y, dóciles ellos, se dejan apresar por marineros y mariscadores para que salgan un poco de la crisis. Ricos animalitos solidarios.

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