Sin ganas de enfadarme

Publicada el 18 de junio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Hace unas semanas me di una vuelta por alguna comarca de Murcia, la gran enemiga. Me disfracé para ello de madrileño y agradecí que las matrículas de los coches no reflejasen la provincia de procedencia porque eso me permitía cierta impunidad en mis pesquisas. Al llegar a tierra rival paré a tomar un café y leí la prensa local. Me calcé para ello unas gafas de sol por si la mirada delataba mi enfado cuando leyese los insultos a nuestra tierra, y aunque es cierto que leí como si fuera de noche y se hubiese ido la luz creo que los articulistas no se metían con nosotros, los del agua. Pregunté después y alguien me dijo que la ruina de Murcia había sido primero el pesoe y ahora era el pepé, pero los de allí, y después que el secarral sale adelante con la economía sumergida, que inunda pueblos y valles de seis-cilindros de los que son dueños pobres de solemnidad a los ojos de Hacienda. Pegué la hebra en baretos perdidos y no conseguí arrancar una rabieta hacia los pueblos ribereños. Oí que el agua no sobra, pero que las decenas de kilómetros cuadrados de invernaderos abandonados a la maleza que no dejé de ver durante horas lo están porque al precio que se paga el tomate no se puede con los gastos. No pueden ni los pequeños ni los grandes. No me acerqué a las urbanizaciones rodeadas de hectáreas de un césped como el del Bernabéu, aunque vi alguna de lejos, ni a los campos de golf que consumen seis hectómetros cúbicos cada temporada. Lo dejé para otra ocasión. Para cuando tenga ganas de enfadarme.

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