Promiscuidad y leyes

Publicada el 23 de octubre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


De niños, nos contaba un maestro que Dios había hecho agradable el rito de la reproducción porque, de lo contrario, las personas somos tan perezosas que habríamos acabado ya con la especie. Por entonces no conocíamos el caso de la mantis religiosa, cuyo macho sirve de alimento a la hembra después del coito. De haberlo sabido le habríamos preguntado si la cosa daba tanto gusto como para morir por ella, ya que ninguno sabíamos de qué diantre nos estaba hablando. Supongo que nuestro maestro nos habría propuesto distinguir entre el acto voluntario del hombre y el instintivo del animal, y con eso nos hubiésemos callado. Entonces, claro. Porque cabe argumentar que el plan de Dios tiene sus fallos ya que el raciocinio (necesario para disponer de voluntad) lo hemos utilizado para idear artefactos que nos permitan quedarnos sólo con lo guay del asunto, y esto al menos desde los egipcios, miles de años antes de que el tema fuera pecado. El debate de estos días es si la ley del aborto es uno de esos artefactos y servirá para aumentar la promiscuidad de las jóvenes (no sé si de los jóvenes) según leo en la prensa local. Si el resultado es que sí, que las chicas se lanzarán con desenfreno al fornicio ya que ahora la ley les permite someterse a una operación quirúrgica (médicos, enfermeras, anestesia, olor a desinfectante, sangre, dolores...) que palie los resultados de su desorden, ocurrirá que nuestras chicas no sólo habrán pecado sino que habrán decidido parecerse a las mantis religiosas, pero al revés y a lo tonto. O sea, que me parece que no, que el propósito de la ley no es reclutar almas para el infierno.

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