La lotería

Publicada el 17 de diciembre de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

E
ran muchos los centenares de personas que hacían cola la otra mañana. Contemplé la riada de gente apoyado en un coche a la intermperie casi del invierno porque el bar que otras veces había visto abierto lucía ahora una densa capa de polvo en las cristaleras, prueba de que llevaba ya varias semanas clausurado. Pensé que solo un toque de blanco y negro y un ligero rictus de tristeza en los rostros era lo que separaba una fila de la beneficencia de mediados del siglo pasado de esta otra a las puertas (es un decir, claro) de la lotería de doñamanolita. Vi cómo la cola continuaba su hormigueante crecimiento a razón de varias personas por minuto hasta que dobló la esquina y empezó a colonizar la quinta calle concatenada de ese decrépito centro de Madrid. Se aprestó la multitud a tapar otra tienda cerrada y otro lienzo de pared pintarrajeada. La crisis ha mostrado cómo detrás de las luces brillantes y las paredes bellamente forradas de madera de los comercios rutilantes de hoy dia, hay más cartón piedra de lo que creíamos. Esos buscadores de la suerte parecían avergonzarse de la ruina que invade el amplio patio trasero del corteinglés y parecían amontonarse menos para conseguir un décimo bendito que para ocultar a los turistas la visión de semejante decrepitud. Pensé si es que nadie trabajaba aquella mañana en Madrid o si es que los empresarios habían dado permiso a los empleados para que fueran a comprar lotería, a ver si les tocaba y podían quitárselos de encima sin tener que recurrir a ninguna reforma laboral. Diríase que por una vez también ellos quieren que a los pobres les sonría la fortuna.

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