La felicidad de un niño

Publicada el 27 de agosto de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Una señora acaba de tomarse un desayuno (eso que se llamaba almuerzo cuando a la comida aún se la llamaba comida y no almuerzo) en la barra de un bar para fumadores. Como todos. Conversaba con la persona con que había compartido el ratito de colación y, muy educada, mantenía el brazo derecho en alto. Digo lo de muy educada porque en la mano situada al extremo del brazo sostenía un cigarrillo encendido y esa disposición del fumable hacía que el humo se expandiese hacia la derecha de la desayunante/almorzante, fuera, por lo tanto, del círculo que formaba con su acompañante. El cortés comportamiento, empero, me ignoraba a mí, que estaba situado a su derecha, no por placer sino por el imperativo de ser ese el único lugar del bar donde el camarero podía servirme mi tentempié matutino, con el resultado de que todo el humo generado por el ducados vino a parar a mis alrededores y una cierta parte a mis pulmones. Un par de días antes había escuchado a un tertuliano gilipollas decir gilipolleces sobre la necesidad de no exacerbar el asunto del tabaco y a fe que me hubiera gustado tenerlo a mi lado para que me explicase qué hacer en ese momento, distinto de abandonar el establecimiento (ser expulsado de él por la educada señora de mi izquierda) o retirarme hacia detrás para tomarme el café y la tostada con malabarismos impropios de mi edad y maña y riesgo cierto de mancharme el traje de alpaca con el que hoy he ido a la oficina. No sé si la sociedad está madura, como dice la ministra, para que se prohiba el consumo público del tabaco, pero mi traje está camino de la tintorería.

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