Gorriones

Publicada el 23 de abril de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Cuando me enteré de que habían desaparecido de Londres no creí que tuviera motivos para alarmarme. No sólo es que Londres quede muy lejos sino que en ese tipo de lugares es donde ocurren los milagros y los misterios con los que los novelistas llenan sus páginas. Lo mismo que Madrid, claro, aunque cuando escuché que en Madrid quedaban muy pocos sentí un vacío en la boca del estómago, parecido a cuando el cajón de la montaña rusa se precipita hacia abajo y la sensación del fin del mundo se apodera de tus nervios. Pensé en ellos, recorriendo a saltitos el patio de luces en busca de los restos que dejamos caer cuando sacudimos el mantel después de cada comida, y en cuanto llegué a casa me asomé para buscarlos. Pero no estaban. Me dije que era tarde y estarían durmiendo bajo las tejas, al abrigo de esta primavera de agua, y por la mañana me levanté al amanecer para verlos salir de sus escondites. Sin embargo, desde entonces no he vuelto a verlos. Si acaso, a alguno aislado, desorientado, temeroso de cuándo vendrán a buscarlo a él. No quedan gorriones y los biólogos no tienen ni idea de qué les está pasando. Como no son tan bellos como los linces nadie se alarma pero nosotros hemos crecido entre su piar aburrido y los linces son sólo personajes de un documental de televisión, así que creo que se merecen una beca de investigación o un detective que averigüe dónde se los han llevado. De momento ahora veo más pardillos, verderones, jilgueros y mirlos, pero no sé si es porque hay más o porque temo perderlos también a ellos y me fijo con mayor atencion. En fin, la siguiente especie en desaparecer misteriosamente ¿tendrá alas o caminará erguida?

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