Formas de hablar

Publicada el 10 de diciembre de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

A los accidentados siempre se les saca de un amasijo de hierros y las inundaciones siempre son graves, so pena de quedarse en charcos. Les pasa lo que a los asesinos, siempre fríos y calculadores, pues no se conoce de uno solo que sea frío pero un desastre en cálculo ni de un pitágoras caliente como una plancha de asar costillas. También son fríos los datos, por más que digan que estuvimos un año a cuarenta grados a la sombra. Será entonces cuando salten todas alarmas. No una ni dos, sino todas a la vez, aunque no haya en parte alguna sirena ni aviso acústico o luminoso. Estableceremos, si llega el caso, una hoja de ruta que nos llevará a ningún lado por más que se remarquen las líneas rojas que no podrán atravesarse. Cuando constatemos la inutilidad del empeño lo haremos con sorpresa e indignación porque ambas caminan tan juntas como lo hicieron Ramón y Cajal, y puesto que si el uno no fue nada sin el otro ya me dirá usted de qué sirve sorprenderse uno si a la vez no se indigna. El asunto resultaría tan hueco como esperar sin desear. Espero y deseo, por ese orden, es una posición personal dignísima. Tanto como la del ministro, pongamos por caso, que hará esfuerzos por gastarse con eficacia nuestra pasta y en la oficina se aplicará a ello con el mismo denuedo que pondría en salir de un estreñimiento. Así habrá hecho bien los deberes y lo pondremos en valor adecuadamente. No lo valoraremos porque eso sería simple racanería y cuando, en fin, alguien me pregunte que con qué me quedo diré que desde luego no con esta forma estúpida de hablar tan propia de los que tienen como profesión hablar lo mejor posible.

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