Exámenes finales

Publicada el 22 de mayo de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.


Establecido que pasar el verano achicharrado a la orilla de una piscina, un río o un océano es una horterada o, en el mejor de los casos, una actividad propia de finlandeses y otras gentes del Norte, que creen que el sol es un decorado de las películas de piratas. Establecido que la gente bien lo que ha hecho desde siempre en esas fechas ha sido marcharse a latitudes más frescas y establecido, en fin, que para sobrevivir a los meses de verano tenemos que agarrarnos al aire acondicionado con la misma fuerza que un náufrago se agarra a un tapón de corcho, debemos resolver que la estación más bella del año es ésta en la que estamos. Es ahora cuando puede uno salir a la calle, pasear sin ulcerarse la piel, aspirar la fragancia de los tilos y paraísos, confiar en que la naturaleza es nuestra amiga y cosas por el estilo. Mas resulta que es también la época de los exámenes finales, esa bíblica rendición de cuentas que se hace en una balanza en cuyo platillo izquierdo el señor (profesor) pone los conociminentos mínimos que debe tener el alumno y en el derecho el alumno coloca los que realmente posee. Adiós a las noches agradables, la hierba fresca de los jardines sin quemar, la charla amigable en la terraza del bar. Los estudiantes tienen que estudiar, aunque sólo sea esta vez. Mas vistas las cosas como las acabo de resumir me parece una profunda injusticia negar a nuestra juventud el goce pleno de las mejores semanas del año. De modo que o cambiamos el calendario académico o quitamos los exámenes finales. Eso sí que merece una huelga, y no Bolonia.


Escribir comentario

Comentarios: 0